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Psicoanálisis de niños: ¿un trabajo que sobevivirá?1 Eliana Rache* e-mail: eliana.rache@terra.com.br |
| La importancia de intentar
responder a esta interrogante es poder aproximarnos al paciente que nos
consulta. ¿Quién es el sujeto que llega a un consultorio de
psicoanálisis hoy? Y si en la actualidad hay una crisis, podríamos
preguntar cuál es la crisis. Pretendo lanzar dos ejes como hipótesis
de trabajo: Primera: Transformación de la sociedad moderna, donde nació el psicoanálisis, cuyo modelo de subjetividad era el hombre moderno, en una sociedad globalizada de consumo donde el modelo de subjetividad es el hombre posmoderno. Segunda: Necesidad de afinar nuestro instrumento psicoanalítico, tanto en sus aspectos teóricos como técnicos. No debemos olvidar que los pacientes de Freud eran neuróticos, por lo tanto represión, simbolización, representaciones y un trabajo de desciframento por parte del analista, era la materia prima. En la actualidad tenemos los psicóticos escindidos, y los narcisistas-perversos que operan a través de la desmentida (verleugnung). Estos pacientes nos obligan a considerar la conveniencia de operar sobre otro territorio, apelando a menudo a la via di porre, en un intento de dar representación a lo que no fue reprimido, porque ni siquiera alcanzó a ser representado. Si estamos hablando de la supervivencia del psicoanálisis es porque la vida del mismo está en peligro. ¡Sí, estamos de acuerdo, la crisis llegó! El primer indicio es la baja demanda de pacientes que desean someterse a tratamiento analítico. La inexistencia de títulos de psicoanálisis en las librerías, como también la de alumnos/as en los institutos de psicoanálisis confirman la total falta de interés de las personas por este asunto. Después del boom psicoanalítico en el Brasil de los años 70 y 80, que acompañó el milagro brasilero, el sujeto de la organización social pasó del orden tradicional para otro de tipo moderno. El fenómeno incluyó una revalorización de la familia, de la infancia y adolescencia, de la masculinidad y de la feminidad. El remedio del psicoanálisis podía ser tomado por subjetividades desestabilizadas por el proceso de modernización, porque habían sido expuestas a las exigencias límites de transformaciones del orden social, pero también en el imaginario social del brasileiro, el psicoanálisis disfrutaba de crucial importancia. Sobrepasó en gran medida su registro terapéutico y animaba la medicina, la psiquiatría, los medios de comunicación. ¡Era la fiesta del psicoanálisis! Donde estuviese la modernización... estaría el psicoanálisis. En el Brasil la modernización se había iniciado por los años 60, con reorganizaciones en la economía y en algunos tipos de relaciones internacionales. La ciudad se destaca como el polo privilegiado para migraciones del campo, y la sociedad brasileira tradicional, desgastada por la base, se moderniza, trasladándose de su registro rural para el polo industrial. La conclusión es clara: se impone la transformación de los modelos de subjetividad establecidos hasta entonces. Me gustaría referirme a aquello que considero subjetividad instituída; tomo el partido de aquellos que no ven el hecho de los hombres de ser hombres, como un dato más de la naturaleza, sino como el producto de las condiciones sociales en que se desarrollaron. Es decir, ser hombre es situacional. Las determinaciones de esa pertenencia sociocultural son esenciales. Desde Freud, las hemos pensado vinculadas al campo de los ideales. El cuerpo biológico y la actividad psíquica indeterminada del bebé humano reciben una serie de marcas que lo organizan y estructuran. Estas marcas producen una limitación de la actividad psicofísica del bebé, que reorganiza el orden biológico originario en un nuevo nivel, ahora humano. Estas marcas se inscriben a través de prácticas sociales. Los discursos en los que está inmerso el bebé instauran, mediante enunciados, sentidos o significados básicos de dichas marcas. La subjetividad queda así determinada por esas marcas y esos sentidos. Pero la subjetividad instituida de ese modo no es exhaustiva, es decir no se limita a la figura visible recortada por esas prácticas y discursos que la han estructurado. La operatoria instituyente deja un resto no eliminable que no se deduce de la subjetividad percibida. Este resto no es intemporal ni universal, es decir, es propio de una época y de una cultura, y de esta manera, nos llevaría a pensar que mantiene alguna correspondencia con las prácticas de producción de subjetividad. Extraigo dos conclusiones de los desarrollos precedentes: 1a. La subjetividad instituída por una época es el conjunto de características particulares que cada cultura exige para reconocer al semejante. Esta subjetividad de orden social nada nos dice del proceso de subjetivación. O sea, no toda producción de subjetividad es efecto de subjetivación. 2a. Sólo en el setting analítico y en el campo transferencial podemos tener noticias de una subjetividad como efecto de subjetivación. En el marco teórico desde el que hacemos nuestras lecturas, podemos decir que algo del deseo inconsciente se articuló, modificando la posición subjetiva del paciente, o que hay un proceso de elaboración de la posición depresiva con la puesta en juego de los recursos reparatorios genuinos, o que hay un proceso de devenir O, devenir sí mismo, en un autor como Bion, etc... La estructura social y cultural de cada época señala los objetivos que dicha cultura jerarquiza, y postula los medios para alcanzarlos. Por lo tanto, si hablamos de modernidad, será importante resaltar sus marcas para comprender cuál es la cuna donde nació el psicoanálisis. Freud, hijo de la modernidad del siglo XIX, que tenía la creencia iluminista en el progreso de la ciencia con su flecha apuntada para la cumbre del conocimiento a través del logos científico, se proponía llevar la felicidad a todos los hombres mediante el trabajo del psicoanálisis. De esa manera, Freud retoma los términos de una antigua problemática de los siglos XVIII y XIX sobre la modernidad la oposición entre las categorías de naturaleza y libertad. La libertad es el valor construido por la modernidad, la condición para creer en una reforma de la naturaleza de las individualidades a través de la razón científica; ya que por su parte, la naturaleza representa el trazo de la tradición y de la autoregulación presente en el mundo premoderno. La modernidad fue dominada por la idea de la revolución, creencia transformadora del sujeto. Si el marxismo fue la representación teórica y política de la potencia deseante del sujeto colectivo en la modernidad, el psicoanálisis fue el representante de la misma exigencia en el registro de la individualidad. Teóricos como Freud, Marx y Nietzsche dan al deseo la condición de posibilidad de transformación del sujeto y del mundo, trazos emblemáticos de la modernidad. La fuerza del deseo surgía para realizar el descentramiento del sujeto del campo del yo y de la consciencia. El sujeto moderno, a través de la noción de libertad y de razón científica, adopta una configuración prometeica desafiando a los dioses y la regulación de la naturaleza por la ética religiosa. El descubrimiento freudiano sólo pudo ocurrir en el contexto sociocultural de la Viena de fin de siglo, o por lo menos dicho contexto favoreció, como un humus propicio, la germinación de las inquietudes e investigaciones del creador del psicoanálisis. Las niñeras de la época freudiana sabían que los niños no eran inocentes párvulos sino criaturas dotadas de una rica sexualidad. Los médicos, que los síntomas histéricos se curaban con la fórmula que nadie osaba recetar: Penis dosis normalis. Repetatur. ¿Por qué, si lo sabían, lo callaban? El mérito de Freud consistió en atreverse a decir lo que todos sabían y fingían ignorar. Los síntomas eran la huella visible, la denuncia de ese ocultamiento. Revelar ese tramposo no querer saber condujo a Freud a descubrir la represión. Preguntamos lo que ocurrió en el mundo entre el trabajo de Freud de 1908, La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna, y El malestar en la cultura (1929). Dos trabajos sobre el hombre y su relación con la civilización. Dos versiones diferentes, si no antagónicas, de la resolución del conflicto pulsión/civilización. Dos Freuds. ¿Dos psicoanálisis? En el primero de los trabajos, Freud, aunque critica la modernidad por la represión sexual, la moral monogámica y el orden familiar, aún confiaba en el uso de correctivos para imponer a la supuesta moral sexual civilizada. Estos correctivos, del orden de la ciencia y de la razón, se expresaban en las enseñanzas psicoanalíticas sobre la naturaleza de la pulsión sexual y sobre la inserción de ella en la economía subjetiva. De esta manera el sujeto obtendría una relación tranquila con las exigencias tanto de la pulsión como de la civilización, lo que lo conduciría hasta la cura. En El malestar en la cultura, segundo discurso freudiano sobre el conflicto entre pulsión y civilización, Freud ve el conflicto como algo de orden estructural: el conflicto jamás sería superado. Fue sólo en 1920, en Más allá del principio de placer, que se constituyó para Freud la problemática del desamparo. Desgarrado del ideal cientificista, Freud pudo finalmente realizar una lectura crítica de la modernidad. Por medio de las transformaciones conceptuales y de los valores fundamentales que modelaban el psicoanálisis, el discurso freudiano colocó la figura del desamparo en el fundamento del sujeto, que pasó a estar marcado por la finitud, por lo imprevisible, sin ninguna garantía de sustentación. Sería necesaria una especie de gestión interminable e infinita del conflicto por el sujeto, y éste no podría jamás salir de su posición originaria de desamparo. Visión desencantadora del hombre, la que Freud nos proporciona, aunque no tan diferente de la de otros críticos de la modernidad. De la misma manera que Weber y Heidegger, Freud forjó una lectura de la modernidad y de sus impasses, al reinventar el conflicto entre la naturaleza de los antiguos y la libertad de los modernos. El psicoanálisis ejerció una facinación irresistible sobre la modernidad. Seducía a todos con la realización de la ilusión de las individualidades: la búsqueda del apaciguamiento del desamparo y el dominio del malestar social. Sin embargo, la promesa no se cumplió, vaciando el poder de la seducción y evaporando el encanto fascinante del discurso psicoanalítico. Otro sueño que se disolvía ante el impacto producido por la claridad de las evidencias. El malestar y el desamparo continuaban presentes, al acecho. Los tiempos son otros. Estamos en una época a la que se le da el nombre de posmoderna. Aunque los autores no se pongan de acuerdo sobre cuando habría comenzado, lo que se sabe es que asistimos al final de una época y al nacimiento de otra. |
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| En el prefacio a La
era del vacío, dice Lipovetsky: Vivir libremente
sin represiones, escoger integramente el modo de existencia de cada uno:
he aquí el hecho social y cultural más significativo de nuestro
tiempo, continúa, la sociedad moderna era conquistadora,
creía en el futuro, en la ciencia y en la técnica, se instituyó
como ruptura con las jerarquías de sangre y la soberanía sagrada,
con las tradiciones y los particularismos en nombre de lo universal, de
la razón, de la revolución... el proceso de personalización
y el retroceso concomitante del proceso disciplinario es lo que nos ha llevado
a hablar de sociedad posmoderna... asistimos a una democratización
de la palabra, pero cuanto mayores son los medios de expresión, menos
cosas se tiene por decir. Esa profusión de expresión
no le interesa a nadie. Lipovetsky (1986) habla de la desubstancialización
posmoderna. La seducción se ha convertido en el proceso general que tiende a regular el consumo, las organizaciones, la información, la educación, las costumbres. Nuestra sociedad no conoce prelación, codificaciones definitivas, centro, dice Lipovetsky, sólo estimulaciones y opciones equivalentes en cadena. Creo que estos enunciados pueden comprenderse como el planteo de la cuestión del reinado de la opinión sobre la fundamentación. Todos los temas se han vuelto opinables, toda opinión es válida. Según este autor, esta hipersolicitación, este exceso, conduce a la indiferencia posmoderna. El surgimiento de la globalización como una necesidad del mercado, es decir, como una propuesta económica, trajo una desagregación social fenomenal como consecuencia. Vivimos en una sociedad fragmentada. Fueron destruidas las culturas locales, la vida comunitaria, los sindicatos y las mutuales, el desempleo generó el terror a la exclusión y las estrategias de lucha por la supervivencia se fueron transformando en lo más acuciante para cada individuo. Destrucción de las tradiciones, cambio de valores, anonadamiento de nuestras categorías morales... ¿qué nos queda? En realidad, se delinean nuevas subjetividades en nuestro gris horizonte. El yo se encuentra en posición privilegiada. Nunca el autocentramiento del sujeto alcanzó niveles tan impresionantes y espectaculares si lo confrontamos con la visión individualista del mundo moderno. Asistimos a un individualismo que alcanzó su cumbre como autocentramiento absoluto del sujeto. Al comienzo de la modernidad, la subjetividad estaba construida alrededor de los ejes constitutivos de las nociones de interioridad y reflexión sobre sí mismo pienso, luego existo. Ahora lo que está en discusión es una lectura de la subjetividad en la cual el autocentramiento se conjuga de manera paradojal con el valor de la exterioridad: la mirada del otro, en el campo social, pasa a ocupar una posición estratégica en la economía psíquica del sujeto. Los destinos del deseo del sujeto posmoderno toman direcciones fuertemente exhibicionista y autocentradas, dejando el horizonte intersubjetivo vacío y sin la investidura de trocas inter-humanas. El autocentramiento, además, aliado a la inexistencia de la historia y al desaparecimiento de la alteridad como valor, fue considerado por Lasch (1979) el trazo fundamental de la cultura del narcisismo, denominación por él dada a los tiempos actuales. Inicialmente, el autocentramiento se presenta bajo la forma de la estetización de la existencia, donde lo que importa para la individualidad es la exaltación gloriosa del propio yo. El enaltecimiento de sí mismo es una tarea interminable, porque a través del cuidado excesivo con el propio yo, éste se transforma en objeto permanente de admiración del sujeto y de los otros. La cultura de la imagen es el correlato esencial de la estetización del yo, en la medida en que la producción del brillo social se impone para la constitución de la imagen por la individualidad. Así queda establecida la hegemonía de la apariencia, que define, con su brillo evanescente, el criterio fundamental del ser y de la existencia. En la cultura de la estetización del yo, el sujeto vale por lo que parece ser, de acuerdo con las imágenes producidas para presentarse en el escenario social. El autocentramiento se evidencia también en un registro sexual, en las formas por las cuales el individuo realiza la rapiña del cuerpo del otro. También por medio de la rapiña el sujeto realiza la estetización de su yo, puliendo su brillo a través del cultivo infinito de la admiración del otro. De esa manera, en la cultura del espectáculo, interpretación genial de Debord (1992) tenemos una exhibición que se transforma en un lema esencial de la existencia, en su razón de ser. Se vive para la exhibición y para la mise-en-scène de la exaltación del yo, que siempre recomienza en el espacio social. Cuando hablé de una nueva subjetividad construida de manera paradojal, me refería al narcisista de nuestros tiempos que se presenta vacío de interioridad, repleto de exterioridad. Quiero explicar esto mejor: a pesar de que representa el ápice del autocentramiento, el máximo del individualismo, este Narciso sólo exhala quimeras fosfóricas destinadas a la captura y uso del otro. Por otra parte, como Narciso continúa en el régimen especular, el otro no es otro, es nada más que su propia extensión y, por lo tanto, podrá ser desechado en cualquier momento. En efecto, aquello que caracteriza a la sociedad de masas es la homogeneidad de las individualidades, pues estas no presentan ni una cierta singularidad en su ser, ni un estilo propio de existencia. Son individualidades as-if, imitaciones que en verdad se reproducen y auto-producen, componiendo la macrofigura de una única inidividualidad totalitaria. Por eso, estas individualidades se caracterizan por la pobreza erótica y por la mediocridad simbólica. En este caldo de cultivo surge una pareja conocida desde hace mucho por la psicopatología: el sádico y el masoquista. Sólo que ahora no se los encuentra más con las insignias de la perversión, de la locura, de la exclusión. Ellos componen el cuadro legítimo de nuestra cotidianeidad. Si el masoquista busca un señor y maestro con quien juntarse y fundirse para escapar al desamparo, su pareja sádica se constituirá como una individualidad caracterizada por el autocentramiento narcisista, que supone creer en su autosuficiencia. El sádico ofrece al masoquista la protección que éste demanda para su desamparo, pero al precio de la pérdida de cualquier experiencia de diferencia, a causa del contrato servil que establece con su maestro-señor el sujeto perverso narcisista no soporta cualquier diferencia del otro, empezando por la diferencia sexual, como Freud nos señaló magistralmente en su estudio sobre el Fetichismo. El tipo perverso-narcisista funciona como agente de la pobreza erótica y simbólica en la sociedad de masas, transformando en un potencial de violencia la energía, que aún les queda a los pobres de espírito. El cuadro nos parece claro. La condición sine qua non para tornarse sujeto es la instauración de la diferencia sexual, del deseo. De ahí tendrán lugar relaciones de alteridad donde el otro es considerado en su singularidad y diferencia, posibilitándose entonces el establecimiento del campo intersubjetivo. Por eso, aquella modalidad de subjetividad de la cual traté anteriormente no corresponde a lo que se denomina sujeto. Este ser sin interior es totalmente diferente del psicótico, es valorizado socialmente porque es su propia coincidencia la que, al personificar sus valores, repite lo mismo y lo idéntico. Esta marioneta es altamente positivada; su autocentramiento es el índice de su integración en lo social, su entrada en escena. ¡Alto ahí! La escena de la Clínica Infantil se anuncia y el espectáculo comienza ahora. Su organizador: la democratización. El niño ya nace ahora democratizado: democratización de la enseñanza, de la religión, de la palabra. Ya hablé de la diferencia sexual: aquí quiero destacar que con tantas democratizaciones se pierde la noción de diferencia generacional, se anulan las diferencias como la diferencia adulto/niño. Y, desde una perspectiva psicoanalítica, el aplanamiento de las diferencias por la confrontación narcisista promueve violencia y formas fallidas de separación y diferenciación. Podemos advertir, niños de opinión en los cuales el proceso de subjetivación de los rasgos e ideales predominantes en la sociedad y en la cultura no se cumplen como proceso interpretativo sino como mecanismo de sometimiento. El sujeto desaparece en la exaltación del modelo o en otros términos es absorbido por el modelo (Levin De Said, 2000). Este niño-copia de nuestros días, contrasta con los niños románticos del final del siglo XX creyentes en un mañana promisorio. La posmodernidad conturbó por lo menos a tres instituciones básicas: la institución infancia, la institución familia y la parentalidad; ya que ésta puede ser interpretada sea en su aspecto biológico, sea en su aspecto simbólico (ligada al ejercicio de sus funciones). Entonces, esta es la población infantil que llega al consultorio: niños consumidores, carentes de recursos simbólicos, atrapados a algunos paradigmas propios del discurso de un estereotipo. Como reflejo de esa situación, el juguete no representa más la posibilidad de simbolización, de juego, más bien, el juguete deviene una mercancía en la línea del consumismo. Estos niños opinadores y consumidores, no saben jugar, porque este espacio no se les fue introducido. Por lo tanto, en mi práctica como psicoanalista de niños, procuro facilitar el desarrollo del jugar para que sea establecido los primordios de la simbolización. En años anteriores, el juego no sólo estaba instalado, por ende se seguía su expansión, como las teorías sexuales infantiles se expresaban como fantasmas a ser descifrados. Hoy se las observa como repeticiones empobrecidas, excitadas del marketing televisivo. La muestra de nuestros pacientes sigue, con aquel que opera según el modelo de su majestad el bebé dando órdenes a sus padres o a cualquiera que ocupe el lugar de autoridad: pedagogo, maestro, pediatra, psicoanalista, etc. Otros niños, tipo-adulto fueran tan estimulados cognitivamente, que devienen hipermotrices presentando cuadros de autonomía precoz o descargas no simbólicas. Los pacientes con estas características, no psicóticos, experimentan una mejoría por poder disfrutar del setting terapéutico donde en este espacio-tiempo, el juego y la palabra son lo privilegiado. O bien, se trata de pacientes que encuentran obstáculos a la elaboración de la neurosis infantil y configuran distintas formas de la neurosis fóbica (que sabemos que es la más frecuente en la niñez), con lo que sólo ha variado la forma de presentación del cuadro clínico, o bien se trata de niños que fracasan en configurar tal neurosis infantil. |
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| Para terminar, la cultura, ya lo dijo Freud, acarrea malestar pero humaniza. Su entramado será utilizado por el sujeto, según su posición de verdadero self (Winnicott) o de las diversas formas de lo pseudo. |
| Resumen La autora aborda el tema del sujeto que llega a un consultorio hoy, inmerso en la postmodernidad. Elabora dos hipótesis de trabajo: Primera: Transformación de la sociedad moderna, donde nació el psicoanálisis, cuyo modelo de subjetividad era el hombre moderno, en una sociedad globalizada de consumo donde el modelo de subjetividad es el hombre postmoderno. Segunda: Necesidad de afinar nuestro instrumento psicoanalítico, tanto en sus aspectos teóricos como técnicos. Los pacientes actuales pertenecen más al tipo de psicóticos escindidos y narcisistas perversos que operan a través de la desmentida. Se impone ahora, la transformación de los modelos de subjetividad conocidos. Los tiempos son otros. La postmodernidad comienza con Auschwitz. Ahora el yo se encuentra en posición privilegiada; el individualismo postmoderno alcanzó su cumbre como autocentrismo absoluto del sujeto. El narcisista de nuestros tiempos se presenta vacío de interioridad, repleto de exterioridad. La autora hace la aplicación de los conceptos anteriormente enunciados a la población infantil en la clínica actual. Palabras clave: Postmodernidad, psicoanálisis infantil. |
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Summary Recibido 12 de julio de 2001, revisión recibida 4 de agosto; aceptado para su publicación 6 de septiembre 2001. |
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Bibliografía BIRMAN, J. (2000).
Mal-estar na atualidade: a psicanálise e as novas formas da
subjetivação. Rio de Janeiro: Civilização
Brasileira, 2a ed. 1 Trabajo presentado durante la XXIII Reunión Científica Anual Aniversario Sigmund Freud con el tema: La supervivencia del psicoanálisis en el milenio que empieza, el 4 de mayo de 2001. Asociación Psicoanalítica Mexicana, en Tequesquitengo, Qro. |
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