Nuevos odres para los nuevos vinos1

Agustín Palacios López*

e-mail: aguspall@yahoo.com.mx

Es fascinante contemplar la evolución de la especie humana desde la perspectiva del psicoanálisis. Los avances se dan cuando la inventiva de algunos selectos miembros sintetiza algo novedoso en el campo de las ciencias, las ideas, las artes, la tecnología, etc. Tal avance deviene egodistónico durante cierto tiempo, pasado el cual es acomodado gracias a la capacidad adaptativa del Yo de una gran proporción de los miembros; algunos quedan muy rezagados. Dicho en otras palabras, los avances se dan en la mayor parte de los miembros de la especie. Tal ciclo alo y autoplástico ha sido una constante, lenta en un principio y muy acelerada en el presente.
En otras palabras pretendemos reafirmar que la evolución de la especie humana no ocurre, al parecer, en el terreno de lo biológico, sino en el ámbito de lo social. El acomodo autoplástico resulta patológico para un porcentaje de los miembros; pero como las condiciones ambientales van variando, la autoplasticidad anormal se viste con ropajes diferentes aunque el proceso intrapsíquico luzca similar.
Al ingresar en el tercer siglo de la existencia de la práctica analítica contemplamos un panorama que, al ponderarse en su perspectiva, nos deja atónitos.
De los finales del siglo XIX al presente, el ámbito humano se ha modificado con magnitud y celeridad inigualadas en toda la historia. Como la psicopatología es, en última instancia, resultado del antagonismo funcional de las pulsiones y el entorno social, no debe sorprendernos que también haya cambiado. La acción del entorno social ejerce sus efectos sobre el Yo desde el exterior del aparato psíquico o, más intensamente, cuando ya ha encontrado cobijo en su interior, especialmente en el sistema Superyó. El sistema pulsional no ha variado como dotación humana desde el debut de nuestra especie aunque, como bien sabemos, muestra algunas diferencias cuantitativas individuales. El acelerado proceso de variación ambiental presente forza a optar por transacciones adaptativas a veces agobiantes.
Durante la vida del psicoanálisis hemos transitado del carruaje de tracción animal a los vuelos especiales, del telégrafo a la comunicación universal de los sistemas de cómputo, de los antisépticos elementales a la ingeniería genética, del predominio habitacional del campo a las megalópolis, de las veladas compartidas hasta los romances por el E-mail y de la moralidad victoriana a la liberalidad sexual propiciada, entre otras cosas, por el fácil acceso a los anticonceptivos actuales.
Hoy día continúa albergado en el preconsciente, el fantasma persecutorio del holocausto nuclear que podría resultar en la extinción de nuestra especie y contemplamos, además, por más que apelemos a la negación, cómo se destruye progresivamente el ecosistema global.
Las circunstancias creadas por nosotros mismos son tan cambiantes que los futurólogos titubean dado que sus esferas predictivas proyectan imágenes con una celeridad tal que resultan confusas. El saber total de la humanidad, para sólo mencionar un dato representativo, se duplica antes de que termine cada década. Las posibilidades de clonación del ser humano y el reemplazo de órganos enfermos o envejecidos está saliendo de las páginas de las novelas de ciencia ficción para ingresar en una realidad deslumbrante y de efectos imprevisibles. Esos avances alientan la esperanza de prolongar enormemente los promedios de vida que, en la época de Freud no llegaba al medio centenar y que hoy, tan sólo en México, llega a los 74 años. Las consecuencias psicológicas de tal longevidad se encuentran, por ahora, en el territorio de lo especulativo.
En el siglo XIX las parejas tendían a vivir no más de diez años después del matrimonio de su último hijo; esta cifra se ha triplicado en el presente. Matrimonios tan longevos reclaman transacciones interaccionales de gran exigencia. Pero, en realidad, atravesamos una etapa en la que un elevado porcentaje de los matrimonios se disuelven, predominantemente durante las crisis edípica y puberal de su descendencia.
Los estilos de crianza muestran claras diferencias con el que predominaba en época pasadas, al menos dentro de las comunidades urbanas. Las mujeres han ido abandonando la función central de amas de casa para engrosar las filas de los asalariados. La madre soltera, la que trabaja fuera del hogar, la divorciada y la mal avenida carecen de la disponibilidad libidinal para acompañar en armonía el curso del desarrollo de sus hijos. Tal asincronía e insuficiencia funcional prohíjan detenciones en el desarrollo o fallas básicas, cuyos efectos se manifiestan después en trastornos de la personalidad, limítrofes y narcisistas.
El reinado de la pequeña empresa ha cedido su sitio al dominio de los conglomerados industriales. El consumismo compulsivo es una de sus consecuencias indirectas inevitables así como el excesivo valor que otorgamos al bienestar material.
Un último, pero bien destacable dato, es el cambio en los patrones de actividad sexual que, en México, se inicia a los 17 años en promedio mientras que el matrimonio resulta cada vez más tardío (21.3 años en México). El lapso resultante puede llenarse de conflictos y, no pocas veces, culmina en maternidad célibe o en abortos provocados.
La humanidad toda y, en especial, sus miembros mejor informados, vive bombardeada por impactantes estímulos y es presa de incertidumbre prospectiva. El resultado inevitable es un estado depresivo pertinaz, subclínico quizá, pero que se expresa en alteraciones del comportamiento individual y colectivo a las que no hemos prestado suficiente atención los psicoanalistas. Los mecanismos de negación tienen que prodigarse para poder mantener cierta homeóstasis. Pero la negación, a despacho de su especificidad funcional, cuando se emplea en exceso hace que se deforme la percepción correcta del entorno; esto nos convierte en algo indiferentes para muchos eventos que deberían cobrar mayor importancia para nuestro bien como, por ejemplo, la desmesurada actividad ecocida. Tal vez la farmacodependencia, tan difundida hoy día, sea un recurso adicional para evadir la percepción cabal de entorno tan intrusivo y amenazante.
La formación de compromiso que es el síntoma, o su cristalización en la estructura anormal del carácter son, como ya mencionamos, mucho más influidos por el medio social en el que estamos inmersos de lo que hemos ponderado hasta ahora. El ámbito en el que transcurre la vida de los seres humanos, especialmente durante los años formativos, es el cincel que esculpe la materia prima que heredamos. Los padres, esos mensajeros del entorno, lo adviertan o no, intentan moldear a su prole en concordancia con el mundo donde se espera que decurse su existencia; labor, por cierto, mucho más previsible en épocas pasadas cuando los cambios sociales daban de manera, a veces tan lenta, que las comunidades parecían estáticas.
La historia del concepto de enfermedad mental no es muy longeva. Durante decenas de miles de años no existían enfermos. Las selvas, las estepas y las aldeas contaban con un porcentaje poblacional de poseídos por demonios, de víctimas de malévolos hechizos o de practicantes de un acendrado animismo religioso. La idea de enfermedad es hija de la Ilustración. Hace poco más de dos siglos que Pinel desencadenó a los locos y poco menos de uno, cuando Kraepelin otorgó una respetable coherencia taxonómica a la patología psiquiátrica. Freud desentrañó los mecanismos subyacentes a la psicopatología.
Sabemos, o creemos saber que las formas de enfermedad mental han ido variando pero no existen, a mi entender, comprobaciones documentales y estadísticas que nos permitan apoyar con seguridad nuestras impresiones.
La neurosífilis, quizás la más generosa productora de psicosis, desapareció de los hospitales psiquiátricos hace poco más de medio siglo. Con los antibióticos se desocupó el veinte por ciento de las camas de esos hospitales. La locura que seguía en frecuencia, las esquizofrenias, demuestra una incidencia similar en todas las culturas, dando así testimonio de su parcial etiología genética. Su incidencia no parece haber variado, aunque si la severidad de sus síntomas y su curso gracias a los psicofármacos.
Los otros trastornos, aquellos que no han demostrado un sustrato anatonopatológico, siguen apareciendo con distintos ropajes. Los mecanismos neurobioquímicos que los acompañan se van conociendo poco a poco; pero no hemos definido con claridad si son causa, consecuencia o concomitancia.
No parecen caber serias dudas de que las formas conversivas de la histeria han dejado de verse en los países industrializados y en los estratos más favorecidos de la población urbana de los países en vías de desarrollo. En cambio los síndromes depresivos, en especial los reactivos parecen haberse incrementados. Estos trastornos y muchos otros cuadros clínicos, psicosis funcionales, fobias, trastornos obsesivos y reacciones neuróticas de otras denominaciones, de manera similar a las esquizofrenias, han reducido su dramatismo sintomático gracias a los avances de la psicofarmacología de los últimos 50 años.
Como resultado de tales circunstancias los psicoanalistas hemos tenido que enfrentar variaciones cuanti y cualitativas en nuestro ejercicio profesional. Las neurosis han ido desertando y su espacio ha sido ocupado por los trastornos de personalidad, muy elocuentemente por las patologías narcisistas y limítrofes; ambas, como sugerimos antes, producto indirecto de las nuevas condiciones sociales. Asisten a nuestras salas de consulta, personas que no sufren de síntomas egodistónicos sino que desean comprender y corregir las causas de sus fracasos vitales, divorcios, falta de progreso laboral o diversas expresiones de disfunción social. Todas esas personas muestran, con el correr de pocas sesiones, estar aquejados de deformaciones del carácter de profundas raíces de génesis propia y ajena; la primera genética, la segunda ambiental e involuntaria.
Pero más que nombrar los nuevos cuadros clínicos, lo que me parece más urgente es definir con mayor lucidez la teoría de la técnica que nos permita encontrarnos mejor armados en esta novedosa práctica. Pese a la pléyade de publicaciones dedicadas al estudio de los aspectos metapsicológicos y diagnósticos de tales cambios, los analistas no nos hemos atrevido a confesar en público que, si bien las herramientas técnicas no han variado, la teoría de la técnica clama por una profunda revisión.
Los viejos odres ya no sirven para albergar los nuevos vinos. La técnica analítica y la teoría que la sustenta fueron diseñadas por Freud y sus inmediatos seguidores para el tratamiento de las neurosis, aquellas en las que el choque dialéctico entre las pulsiones y la expresión intrapsíquica de las fuerzas sociales derivaba en síntomas egodistónicos.
En los institutos de enseñanza y en las ponencias públicas nos comportamos como si nada hubiera cambiado. Resulta inquietante la propensión conservadora que hemos manifestado los analistas. Ir en contra de lo que supuestamente predicó el maestro, o que puede cobijarse bajo el palio de una ortodoxia idealizada, nos hace sentir apóstatas a despecho de que los abrumadores datos empíricos gritan la incongruencia de tal desatino.
Hacer consciente lo inconsciente en la demostración transferencial era la clave de las aspiraciones aclaratorias y curativas de las neurosis en la perspectiva decimonónica. Pero hoy día ¿qué es lo que pretendemos traer a la consciencia en la inestable interacción de los limítrofes o en el reclamo empático del narcisista? Con las otras caracteropatías hemos de laborar tenaz y tediosamente antes de lograr que algunos rasgos de la personalidad accedan a la asintonía; sólo así podrá el paciente ver la punta de la nariz de su carácter. Pero ¿estaremos en lo inconsciente? Hartmann nos enseñó que era preciso reparar daños estructurales en el Yo y rescatar para las áreas libres de conflicto, funciones atrapadas durante el desarrollo. Sin embargo, cuando logramos poner en evidencia los rasgos del carácter con algún asomo de utilidad para el paciente ¿habremos conquistado para el Yo un territorio controlado antes por el de Ello, o simplemente hemos logrado zanjar algunos puntos ciegos para la función observadora del Yo mismo?
Ante la profusión de datos de los estudiosos del desarrollo infantil que nos muestran que el Yo temprano va introyectando estilos de relación en las innumerables interacciones con la madre; y en las aclaraciones que la Semiótica moderna nos ofrece para comprender con mejor detalle el proceso de retroalimentación de signos entre la madre y su pequeño ¿seguirá teniendo validez epistémica hablar de relaciones de objeto internalizadas?
Y en la reparación o, mejor dicho, en la restitución de las carencias del Yo producto de la detención en su desarrollo ¿será conceptualmente acertado hablar de transferencia?; ¿resultará correcto entender la teleología del proceso como una mera trasposición de planos de advertencia o de ubicación funcional? ¿Qué no estaremos más bien tejiendo estructuras inexistentes en el Yo o, como sugiriera Green, tendiendo puentes en los archipiélagos intrapsíquicos?
Todos los anteriores interrogantes ameritan respuesta, para podernos ubicar con coherencia metodológica frente al nuevo panorama clínico que estamos contemplando.
Hace ya muchos años logramos consenso casi unánime en la aceptación de concesiones paramétricas para el tratamiento de los cuadros psicóticos. Los frutos de esa experiencia no parecen haber servido para que hoy, de cara al novedoso espectro cediéramos un tanto en nuestro terco empeño de propagar y trasmitir la teoría de la técnica clásica. El alud de la modernidad clínica nos ha obligado a practicar la heterodoxia, pero en público nos seguimos resistiendo a despojarnos de las supuestamente respetables vestiduras de la ortodoxia.
No es discutible que, como punto de partida para el aprendizaje y como base esencial de nuestra profesión, conviene conocer bien la teoría y la técnica clásicas. Pero los tiempos que corren demandan ceder a la presión y, sin tapujos, admitir que estamos practicando un psicoanálisis modificado porque las nuevas patologías así lo han reclamado.
En los años dorados de expansión del psicoanálisis aprendimos a escuchar a nuestros pacientes con un tercer oído, afinado para distinguir las notas poco audibles de la transferencia. En el presente precisamos de un cuarto oído que, atienda los ecos interiores de la resonancia complementaria del reclamo relacional de muchos de nuestros nuevos pacientes. Sólo escuchando así podremos entender el proceso y cumplir mejor con la demandante tarea a la que nos vemos exigidos en este fascinante momento de la historia humana.
Teniendo en cuenta la situación actual que hemos tratado de esbozar en unas cuantas páginas es imposible predecir, con algún viso de certidumbre, qué depara el futuro a quienes siguen nuestros pasos en esta peculiar profesión. Pero no parece arrojado aventurar que el psicoanálisis que, como teoría ocupa un lugar indisputable en el acervo de conocimientos del hombre, seguirá practicándose con las adaptaciones técnicas y teóricas que las condiciones le demanden.
El dictum que adornaba el friso del templo en el oráculo de Delfos que se apropiara Sócrates como esencia de su filosofía: conócete a ti mismo, sólo puede cumplirse a cabalidad con la ayuda del método psicoanalítico. No parece previsible que tan preciosa herramienta sea sustituida en el futuro cercano. Despojar al psicoanálisis de su misión como lente privilegiada para asomarse a la esencia del ser humano sería una insensatez imperdonable.
Resumen
La psicopatología es, en última instancia, la expresión final del conflicto dialéctico entre las pulsiones y las fuerzas modeladoras de la realidad. Estas últimas pueden ya encontrarse introyectadas en el sistema superyó. La humanidad no evoluciona en lo biológico sino en lo cultural. En los últimos cien años los cambios sociales han sido acelerados y, en consecuencia, uno de los factores de la diada psicopatogenética ha sufrido transformaciones tales que han determinado la aparición de nuevos tipos de trastornos psicológicos. El tratamiento psicoanalítico fue diseñado para curar neurosis, pero estas son raras en la actualidad. Sin embargo existe la tendencia a enseñar la técnica clásica como si nada hubiese variado. Es necesario que revisemos nuestra teoría de la técnica para que sea concordante con lo presente.
Palabras clave: Psicopatología, evolución, teoría y técnica analíticas.
Summary
Psychopathology is the final expresión of a dialectic struggle between the impulses and the modeling forces of reality. These latter forces may form an integral part of the superego system. Humankind evolves not within the biological sphere but eather within the cultural one. The accelerated pace social changes transpiring over the last 100 years have affected transformations in the psychopathogenetic dyad that in turn, found expression in new types of psychological disorders. Psychoanalysis was purposely designed for the understanding and treatment of neurosis; a nosological classification raely evidenced in moderns day consulting rooms. Nevertheless the tendency continues to be that of teaching classic technique divested of any true acknowledgment of these changes. It is essential that we review our theory of technique if we are to effectively bridge the gap.
Key words: Psychopathology, evolution, analytic theory and technique.

Recibido 7 de julio de 2001, revisión recibida 4 de agosto; aceptado para su publicación el 10 de septiembre 2001.
1 Trabajo presentado durante la XXIII Reunión Científica Anual “Aniversario Sigmund Freud” con el tema: “La supervivencia del psicoanálisis en el milenio que empieza”, el 4 de mayo de 2001. Asociación Psicoanalítica Mexicana, en Tequesquitengo, Qro.
• Psicoanalista Vitalicio y Didáctico de la Asociación Psicoanalítica Mexicana.
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