El duelo y su representación en el cuerpo (Análisis de una adolescente anoréxica)1

Victoria Castañón de Antúnez*

e-mail: vickycast@cablevision.net.mx

Anorexia: Un caso clínico

Ana, una adolescente de l5 años, llegó a tratamiento con anorexia nervosa. Al iniciar su tratamiento, hace un año y medio, pesaba 28 kilos. Su apariencia era cadavérica, con grandes dificultades para caminar y voz silenciosa. Detrás de sus grandes ojos cafés, se percibía una gran tristeza.
Al inicio del tratamiento fue necesario hospitalizarla un mes debido a estado de salud tan precario. El médico endocrinólogo, parte del equipo terapéutico, temía un paro cardíaco. En estas circunstancias adversas, la analista, la iba a visitar todos los días. Ana aceptaba su internamiento con una actitud pasiva, sin embargo, no aceptaba comer pues comentaba que le daba pánico engordar. La analista se limitaba a sentarse con ella a escucharla cuando quería hablar, siendo los encuentros sumamente cansados. Era como si Ana estuviera pidiendo presencia, pero al mismo tiempo existía un gran temor del contacto. La analista sentía que tenía que ser paciente y que Ana tenía gran temor de la analista. Cuando la analista le pregunta: “¿Tienes miedo de que te haga daño? Ana sonríe y dice: “No, claro que no”. Después de esta interpretación, Ana empieza a hablar del temor que tiene de que le dé de comer como las enfermeras, a lo que le comento: “Sí y que la comida que te dé te haga daño”. “Efectivamente”, dice Ana, y aquí empieza a hablar de su hermana que siempre había tenido problemas con su mamá porque se rebelaba y le decía cosas terribles y la mamá lloraba mucho. Y la analista le comenta: “Sí y tienes miedo que puedas destruir con tus palabras, por eso no quieres hablar.”
Después de empezar a hablar de sus temores, las sesiones fueron más verbales, me platicaba de su escuela, de los miedos que tenía de perder el año. Comentaba que su mamá le vigilaba la comida todos los días y que esto le molestaba. Un día que la analista tuvo un problema y no llegó a la hora que había quedado, Ana había hablado ya al consultorio preguntando si iba a ir. Ana salió del hospital una vez que el endocrinólogo la vio estable, quedándose en México durante tres meses seguidos. Ana venía a sesión cuatro y cinco veces por semana.
Ana nació cinco años después de su hermana mayor. La madre de Ana había perdido una bebé que nació a los seis meses de embarazo, y había pasado un año de esta pérdida, cuando ella nace. Un mes antes del nacimiento de Ana, la madre sufrió un asalto que la puso en un estado de angustia tal, que le pidió a su marido irse a vivir fuera de la ciudad.
La madre de Ana fue la mayor de tres hermanas, siendo la consentida del padre por considerarla la más responsable. Es una mujer fría, distante y muy preocupada por su físico. Sufrió la pérdida de su padre cuando Ana tenía un año. Al morir el padre, se tiene que hacer cargo de la madre y ella, junto con sus hermanas deciden que viva con cada una de ellas por un tiempo. Por otro lado, el padre de Ana es el mayor de cinco hermanos, todos hombres. Trabajó desde muy pequeño e inició un negocio con los hermanos el cual ha sido un negocio muy exitoso. Su madre muere cuando era pequeño y el padre se convierte en un hombre dependiente de sus hijos. Actualmente, el padre de Ana trabaja en la ciudad, mientras la familia vive en provincia.
Ya Freud en Totem y tabú (1912-13) habla de duelos impuestos por la guerra y por las violentas mutaciones sobrevenidas de la civilización. Asimismo, distingue entre la trasmisión por identificación, la obtenida por modelos parentales y la genérica, constituida por huellas mnémicas de generaciones anteriores. La primera se relaciona con la historia y la segunda con la prehistoria. En la prehistoria se trasmiten objetos perdidos de los antecesores los cuales son trasmitidos parcialmente en los duelos. También se trasmiten los significados congelados, enigmáticos y brutos sobre los cuales no se ha podido hacer un trabajo de simbolización.
El sujeto de la herencia está dividido como el sujeto del inconsciente, donde existe una doble necesidad: de ser para sí mismo su propio fin y de ser el eslabón de la cadena a la que está sujeto sin que participe su voluntad.
En cuanto a objeto transgeneracional es importante mencionar a Käes (1997) quien afirma que es un ancestro, antepasado o pariente directo que evoca fantasías e interviene en la constitución de instancias psíquicas en uno o varios miembros de la familia. La representación de objeto transgeneracional se inscribe en el inconsciente a través de la representación de palabra y cosa. La cosa se remite a la imagen visual; la palabra posee un papel organizador que se remite a los sentidos y permite fantasías y asociación de ideas. La falta de representación tiene que ver con el vacío, el hueco y la desinvestidura materna, es decir, la falta de interés de la madre que produce en el niño un espacio de no-representación.
La interacción madre-hija va a constituir la base del anclaje somático del amor. Tanto el placer como el sufrimiento van a anticipar la presencia de un yo futuro en la hija y la manera como la madre se relaciona con ésta, estará marcando tanto su relación con el esposo como su historia generacional. La hija va a percibir de una manera inconsciente lo que se le proyecta en el cuerpo, lo cual va a influir sobre el espacio relacional. El sufrimiento físico va a constituir un papel decisivo en el cuerpo de la hija y puede provocar que se convierta en la única de comunicarse del sujeto, para demandar cuidados psíquicos. Cuando la hija crece, ésta recurrirá al cuerpo como transmisor de mensajes. El cuerpo que sufre, hará que el yo mantenga un vínculo con su cuerpo, el cual reproduce la relación que se tuvó con la madre. En casos de depresión materna, esta se transmitirá a la hija en quien se proyectan los duelos como conflictos no resueltos.
Es en el caso de Ana que observamos que la madre no había elaborado el duelo de la hija muerta cuando nace ella. Al año de nacida, muere el padre, de quien ella era consentida. Esto nunca lo habla la mamá con Ana y ella se viene enterando por una tía. En una sesión, Ana menciona que ella no sabía qué pasaba, pero que veía a su mamá triste y que ella creía que tenía la culpa. Relaciona la anorexia con culpa diciendo:
P. “Me siento mal cuando mi mamá me da de comer y yo no me lo puedo comer, me acuerdo cuando era chiquita que ella lloraba y yo no sabía porqué... una tía me contó que mi hermanita nació muerta cuando tenía seis meses de embarazo y yo me sentí muy mal”.
A. “¿Por qué crees?”
P. “Porque siento que mi mamá piensa que soy una lata, que no me compongo”.
A. “Como si no merecieras estar viva”.
P. (queda pensativa) Tarda bastante en reaccionar... “Es que mi hermana a cada rato me dice que mi mamá sufre y que yo soy una egoísta, que ya se está hartando de mí”.
A. “¿Sientes que yo me estoy hartando de ti?”
P. “No, no creo... bueno, sí me da miedo que te hartes”.
A. “Y estás tratando de decirme que vas a hacer lo posible para que yo me harte y así sentir que se cumple lo que te dice tu hermana”.
Ana transfiere la desconfianza a la analista. Estos sentimientos los puede manifestar una vez que ésta pudo tener la paciencia de estar con ella y pasar sesiones en donde existía una sensación terrible de aburrimiento, que detrás estaba el gran vacío como el temor de no existir.
Ana viene a sus sesiones y después de tres meses de tratamiento, la madre empieza entrometerse y a querer boicotearlo. Se sugiere un tratamiento individual para la madre y una psicoterapia familiar. El padre se rehúsa y la madre va a tratamiento, pero el tratamiento dura muy poco ya que ésta lo aborta.
Este es un momento en donde la analista se siente sin apoyo y con gran temor de que no le permitieran a Ana continuar con su tratamiento. El espacio psicoanalítico que se empezaba a lograr, se veía amenazado. Era como si el equilibrio familiar se viese amenazado y a la familia le costase mucho trabajo que Ana se curara.
Los padres de Ana tienen poca comunicación y ha sido a través de la enfermedad de Ana como han podido establecer una relación más cercana. Ana comentó en una ocasión que su mamá se enojaba con el papá porque sentía que a él le interesaba más su familia que ella, y que en algunas ocasiones él había tomado demasiado y a ella le había molestado mucho.
La anorexia de Ana se presenta cuando su hermana mayor se va a estudiar a la ciudad y Ana se queda con la madre. Por otro lado, la hermana de Ana tiene muchas confrontaciones con la madre y Ana se asusta mucho, comentando que no quiere ser como ella. Cuando Ana nació, ha comentado Ana, que su hermana tuvo muchos celos de ella. Ana comenta que es la consentida del papá.
Las relaciones de Ana con el padre eran de mucho distanciamiento. Al principio del tratamiento el papá casi no hablaba con su hija, sintiéndose acuerdo con la visión de la madre, el padre no se interesaba en la familia.
Ana se regresa a su casa y la madre tenía temor de traerla a su tratamiento debido a la debilidad física de la hija ya que se fatigaba bastante cuando venía a la ciudad de México a ver al endocrinólogo y conmigo. Sin embargo, ella insistía en venir a su análisis. La familia comentó que no podía traerla más que dos veces a la semana. En este momento sentía que Ana empezaba a investirme con un modelo ideal por lo que tenía que estar muy alerta de dejarme atrapar en este narcisismo. Ana trataba de utilizar el problema de la comida para que yo la persiguiera de la misma manera que lo hacía su madre. A veces se sentía desesperada que la relación comida-persecución no terminaba y que el venir a sus sesiones no le estaba sirviendo de nada. Se empezó a manifestar una transferencia negativa donde yo era vista como la madre que no le servía, que no le ayudaba para nada. Sus sesiones tenían el mismo contenido:
P. “Sigo igual... no me da hambre... me cuesta mucho trabajo comer, me da mucho miedo... tengo miedo a engordar... mi mamá está cuidándome todo el tiempo me lleva al colegio, me recoge temprano porque dice que no tengo energía... pero no sé... no puedo comer, no sé, me desespero mucho, ella también”.
A. “Fíjate cómo me traes el problema de la comida para que yo también te insista al igual que ella y me convierta en tu perseguidora”.
P. “Es que siento que no cambio, que no puedo cambiar”.
A. “Parece que estás muy enojada conmigo porque sientes que no te ayudo lo suficiente y no te digo qué hacer”.
P. Se queda pensativa... no me dice nada, es que no sé que me pasa...
A. “Qué trabajo te cuesta hablarme de tu enojo, ¿porqué será?”
P. “Cuando mi hermana se ha enojado con mi mamá, mi mamá se pone muy mal, luego llora todo el tiempo”.
A. “Te da miedo que yo no tolere tus enojos y tienes miedo que te rechace”.
P. Se ríe... no dice nada y se me queda observando.
Al permitirle expresar estos sentimientos, Ana empieza a faltar y la madre se colude a la resistencia de Ana. Empieza a hablarme y a comentarme que Ana sigue con problemas, que tiene un problema en la pierna, que no puede caminar bien. Me comenta que ella dejó su tratamiento porque el psicoanalista no le cayó bien. El padre insiste que la hija tome un curso de superación personal para que le ayude en este problema. La familia empieza a boicotear el tratamiento de Ana cuando ella empieza a hablar por ella misma y a expresar sentimientos. Esto lo trabajo con Ana y ella empieza a pelear por su tratamiento. Se niega a entrar a este curso y aunque el padre se molesta, Ana siente que por primera vez se atreve a acercarse al padre aunque sea para pelear por sus derechos.
Ha sido a través del trabajo analítico que Ana ha podido acercarse al padre y platicar con él. El padre no la presiona en cuestión de la comida, lo cual le permite a Ana comentar con él lo difícil que se ha convertido estar con su mamá. El padre decide acercarse a su hija y llevársela a manejar en coche, situación que le agrada muchísimo a Ana. Cuando Ana iba a cumplir 15 años, le pide a su papá una fiesta a lo que él acepta gustoso. La madre y la hermana se oponen a la fiesta comentando que tiene un físico muy desagradable para comprarse un vestido. Este acto lo siente Ana como una aceptación del padre, pero al mismo tiempo le produce una gran ambivalencia con la madre. Después de la fiesta, empieza a ver a los niños de su escuela. Empieza a sacar su coraje con la hermana a la que empieza a confrontar.
En una sesión Ana comenta:
P. “Fíjate que mi hermana está muy enojada conmigo porque mi papá me va a comprar coche... le va a dar a ella un coche más grande y a mí me va a dar el de ella, pero a ella no le gusta, le da mucho coraje que me den su coche..., tampoco mi mamá está muy convencida”.
A.“Parece que les está costando mucho trabajo que crezcas, ¿porqué será?”
P. “Es que yo siempre estaba con mi mamá y la acompañaba a todos lados. Mi hermana siempre se iba y me dejaba con ella”.
A. “Y tú para estar con ella te has enfermado... como si con esto le dieras una razón para vivir”.
P. Se me queda observando... “Sí, pero ya me estoy cuidando... ya como mejor, ya mi mamá no me revisa mi comida... y pues sí está de malas”.
A. “Qué difícil debe de ser para ti crecer sin sentir que el hecho de que crezcas le afecta a los demás”.
P. “Sí... pero me siento mejor”.
A. “¿Qué te imaginas que siento yo?”
P. “Yo creo que te da gusto que me sienta mejor... pero siento que a veces me falta mucho, que todavía me da mucho miedo”.
A. “Miedo de relacionar tus emociones con tu cuerpo”.
P. “No sé” (queda pensativa). “Es que me da miedo de no poder controlar la comida”.
A. “¿La comida o tu sexualidad?”
(El deshacer la represión a través de entender el significado del síntoma, empieza a abrir los canales psíquicos normales en cuanto a la expresión de la libido)
P. “A lo mejor...”
El acercamiento con el padre le produce placer, pero a la vez una gran culpa. El irse con el padre de vacaciones al extranjero fue una situación que molestó tanto a la madre como a la hermana. Aquí se empieza a observar lo difícil que es para la madre y la hermana que Ana se acerque al padre.
En la cura, no es extraño que el descubrimiento del síntoma de Ana empieza a ser vivido como una revelación de la violencia. Su auto-mutilación como su auto-castigo ha sido una manera de cargar con la violencia transgeneracional.
P. “Mi mamá está enojada... está de un humor espantoso, no la aguanto... yo creo que le cae gordo que mi papá me invitó de viaje con él, vamos a ir con un tío y sus hijos y yo voy a ser la única mujer”.
A. “Como si te diera gusto que tu papá te lleve y que tu mamá se enoje”.
P. “Es que siempre me tuvo cerca de ella y nunca me dejaba acercarme a él. Yo creo que ella es bien celosa”.
A. “¿Celosa?”
P. “Es que ella fue la consentida de su papá. Y yo creo que está celosa de que mi papá me invite”.
A. “Como si estuvieras peleando por papá, ¿no?”
P. Se sonríe “...es que mi hermana siempre estuvo con él y ahora sí siento que extraño a mi papá, que sí me da gusto platicar con él”.
A. “Como si sintieras que tu papá te empieza a ver”.
Ana empieza a aceptar su sexualidad, siente que es atractiva para el papá y está dispuesta a pelearse por el amor del padre.
Actualmente Ana ha subido doce kilos, está luchando con la anorexia, su expresión corporal la ha reprimido en los años de transición de la infancia a la adolescencia. El silenciamiento de su cuerpo se había mantenido y ha sido a través de la anorexia como una manera de suspender su cuerpo. Ana sigue viniendo a análisis, empieza a percatarse de sus deseos reprimidos. Su cuerpo físico ha sido renegado y sustituido por un cuerpo idealizado: En esta sesión llega sonriente y sus ojos tienen otra mirada, una mirada pícara...
P. “Fui a los quince años de mi prima y un niño de mi escuela estuvo bailando conmigo toda la noche, me sentí rara...”
A. “¿Que es para ti rara?”
P. “No sé, como que mi cuerpo no me gusta, no me gusta...”
A. “Como que lo que no te gusta es sentirlo y empezarte a sentir mujer”.
P. “Es que acabo de ir con el endocrinólogo, ya me empezó a bajar... y sí es difícil, me gustaba más ser niña”.
A. “Sí... tal vez negando que siendo mujer tienes deseos, ¿no?”
P. “Es que fíjate que ahora siento a mi mamá rara, como muy seria conmigo, fíjate que mi papá se vino a vivir toda la semana con mi hermana que porque mi hermana hacía lo que quería y mi mamá le pidió que se quedara mi papá con ella en las noches y se va para mi casa los fines de semana”.
A. “Como si sintieras que cuando tu papá te mira y se acerca a ti, tu mamá te lo aleja”.
P. “Pues sí, ahora lo extraño y lo extraño mucho. ¿Te acuerdas que antes no quería saber nada de él?”
A. “Sí, y es como si quisieras aplacar a tu mamá volviéndote otra vez niña y enfermarte otra vez”.
P. “Sí... pero ya decidí que terminando la prepa me vengo a México. Yo sé que mi mamá como que no está muy bien con mi papá, pero ya le dije que tome cursos en las mañanas... yo ya empecé a salir con mis amigos y la verdad me duele, pero no quiero volver a lo de antes”.
En este momento, cuando Ana empieza a individuarse y a sentirse mujer, sé que tenemos un largo camino que recorrer... va a ser un camino difícil que tendremos que recorrer las dos... el camino de convertirse en una mujer completa, no escindida.

Anorexia sexual

El terror experimentado por las anoréxicas por la comida, es el mismo compartido por las anoréxicas que evitan la sexualidad a cualquier precio. En ambos casos, comparten las mismas características: Unas por comida; otras por el sexo. Sin embargo, ambas comparten una auto-estima baja, las mismas distorsiones de pensamiento y una permanente lucha para controlarse a sí mismas y a los demás.
Hemos observado que estas pacientes tienen una terrible resistencia al tema de la sexualidad, continuando con este patrón aunque sea destructivo. En ocasiones llega el evitamiento de tal manera que se auto-mutilan, distorsionan su imagen corporal y presentan comportamiento aversivo. Tienen actitudes rígidas y moralistas hacia su sexualidad como a la sexualidad de otros. Sus resistencias como sus aversiones a la sexualidad, evitan su ansiedad para evadir situaciones dolorosas. Se avergüenzan de sus cuerpos, de sus experiencias sexuales y de sus atributos. Esta aversión sexual afecta sus trabajos, sus relaciones con amistades y con sus familias. Su obsesión acerca del sexo llega a ser tal, que interfiere con su vida normal.
Carnes y Moriarty (1997) hicieron una investigación sobre la anorexia sexual considerándola dentro de un proceso adictivo compulsivo. Consideraron a esta población de pacientes como personas con grandes dificultades en su sexualidad, observando que tienden a ser perfeccionistas y con gran temor de cometer errores. Juzgan a los otros de acuerdo a sus reglas. Encontraron que estos terrores sexuales se debían a historias de abuso y de rechazos, como con familias con historias de adicciones, secretos y lealtades enfermas de la que no están conscientes y que las llevan a vivir escindidas. Las deprivaciones de las que fueron objeto, hacen que no se sientan merecedoras de recibir placer y que se sientan más seguras en este estado de deprivación. Sin embargo, no podemos dejar de considerar al cuerpo como un lugar de fijaciones donde la primera impresión de los hijos es el de ser alimentados por la madre.

Perspectiva psicodinámica

En las aportaciones de Freud en Los estudios sobre la histeria (1895), es notorio el caso de Emmy von N., quien al morir su marido perdió el apetito y sólo el deber la hacía comer, padeciendo dolores de estómago. Freud busca una relación entre el trastorno y algún tipo de impresión intensa. Es a través de la transferencia donde Freud la amenaza con el abandono, que Emmy se vuelve dócil.
En El manuscrito G (1895) sobre la melancolía también relaciona la neurosis alimentaria paralela a la melancolía y relaciona la pérdida de apetito que equivale en términos sexuales a la pérdida de libido.
En El método psicoanalítico (1903) Freud detecta el perfil de ciertas anorexias que impiden por la urgencia una cura tradicional. En Tres ensayos (1905) vincula la sexualidad y el hambre.
Para M. Klein (1948) la alimentación se vincula a la ansiedad persecutoria y a la pulsión de muerte.
El pecho malo procura frustraciones en donde la proyección (del displacer) se convierte en el representante externo de la pulsión de muerte. Los impulsos agresivos en el lactante cuando se confronta con el seno, tienden a que en la fantasía se transformen en un objeto devorador por lo cual la angustia conectada con esta fantasía puede inhibir el deseo de succionar.
Para Sours (1973) el sentimiento de culpa en la anorexia se debe a la agresión contra la madre en el conflicto edípico, donde existe una relación seductora con el padre y un rechazo del deseo de estar embarazada, mediante la privación de alimentos como tendencias sádico orales y una formación reactiva contra los impulsos incorporativos destructivos.

Imagen inconsciente del cuerpo de la mujer

En los primeros momentos de la vida del ser humano, en su espacio somatopsíquico, el objeto va tomando forma a través del sentir interno oral y total, confundido con el sentir global corporal. La envoltura psíquica se organiza con base en el contacto del cuerpo materno, por lo que el espacio psíquico se va a constituir basado en las percepciones que vienen del exterior y que se perciben en el interior. En la niña todo se concentra en el espacio interior; todo lo experimenta en el adentro.
De la misma forma que Freud refiere que la pulsión requiere de un apoyo somático, también podemos hablar del investimiento del cuerpo mediante el deseo de otro, ante todo el de la madre. Este cuerpo lleva la trasmisión de una historia como de espacios en blancos que no se inscribieron.
El cuerpo (cambios, sexualidad, accidentes) se convierte en representante del otro donde observamos que la relación yo-cuerpo, sustituye la relación yo-otro. Sin embargo, paradójicamente el sufrimiento y el conflicto es lo que garantiza la permanencia de la relación en las anoréxicas. Esto significa que el cuerpo no es propio. Es el odio el que impide el nacimiento ya que este cuerpo para la madre representa una culpa por no amarlo lo suficiente debido a lo cual se fusiona con éste para defenderse de su agresividad reprimida. La sobreprotección de la madre surge como formación reactiva al desapego y como una manera de acallar la angustia de fragmentación (de la propia madre). Tiene una incapacidad para responder a los deseos auténticos de la hija. Observa únicamente lo exterior del cuerpo trasmitiéndole inconscientemente conflictos de identidad. Le desplaza a la hija su propia castración.
Este sufrimiento modifica el estado del cuerpo, siendo el peligro lo que provoca emoción en la hija.
El impulso hacia el objeto exterior se confunde entre la necesidad oral y la necesidad sexual. Esta niña puede también fabricarse una cerrazón al mundo ocular, el cual se opone a la penetración ya que puede sentir la mirada como penetración. Esta cerrazón de su interior deseante puede ser una forma de autoerotismo. Puede también derivarse de la homosexualidad natural que la vincula con su madre y protege así en ella, a su propia madre de la penetración por el padre y se reserva a la vez el cuerpo materno y el pene paterno. Muchas veces en la frigidez como en el vaginismo, se puede detectar una sobreexcitación visual en la infancia.
El psiquismo femenino está influenciado directamente por su anatomía. Ya Freud en 1932 mencionó que la mujer no era hombre por la falta de pene. En la mujer se observa el hueco, como equivalente simbólico del falo. El hueco se considera una apertura hacia una profundidad en donde existe un lugar con actividad propia y autónoma. Puede ser un receptáculo productivo o destructor.
El factor desencadenante del síntoma de la anorexia, no es la intensidad de una emoción fuerte sino el esfuerzo de silenciar la expresión de ese sentimiento y en estos casos, tanto las imagos paterno y materno están mal diferenciadas. El padre es vivido como un objeto parcial no genitalizado de la madre ya que como sabemos, desde el comienzo de la vida la madre manifestará inconscientemente a través de la relación con la hija, la presencia del padre. En el cuerpo de la anoréxica existe una renegación delirante de su imagen real, provocando ésta una auténtica fobia corporal.

Tratamiento

Para estos casos se sugiere un análisis de tipo clásico. Es importante preguntarnos la conveniencia del diván. En algunos casos, la contención es más urgente y se sugiere posponer el uso del diván: el número de sesiones a la semana que se propone es de dos, pero de preferencia tres para conseguir el nivel regresivo lo antes posible y poder desempeñar una función correctiva.
En la primera fase es importante controlar los aspectos de contención, para después desplazar al espacio de motivaciones inconscientes. Es importante que estas pacientes se sientan escuchadas como atendidas en otras partes de su personalidad. En cierta fase del tratamiento hay efectos de la identificación proyectiva que tienden a ser paralizantes, ya que el placer sádico del triunfo de estas pacientes hace que se reproduzca el escenario familiar.
Los procesos preedípicos son lentos y la lucha de estas pacientes por su cuerpo hace que éstas transiten por la confrontación reaccionando como depredadoras. El narcisismo de estas pacientes puede arrastrarnos, por lo que si nos dejamos investir por ese modelo ideal que depara mutua satisfacción, nos encarcela en un modelo imposible de abandonar.
El trabajo transferencial va a suceder dentro de esta problemática narcisista; después tendrá cabida lo objetal. Existe en estas pacientes una búsqueda de objeto que colme mágicamente la falta.
La rigidez de los mecanismos defensivos conlleva inestabilidad, por lo que no puede haber nuevas investiduras sin que las pacientes se desprendan de conflictos anteriores. Los límites corporales empiezan a cobrar otra dimensión en la cual las pacientes empiezan a sentir la necesidad de tener una identidad que les permita estar en un mundo adulto sin que sus límites se diluyan. Se pretende que expandan su realidad, que tomen responsabilidad por sus necesidades, que integren sus partes auténticas y que no busquen víctimas... más que nada que recuperen su cuerpo, el que fue poseído por la madre.
En el caso de Ana, observamos en su anorexia una manera de expresar un duelo no elaborado por sus padres. Ana no ha podido gozar de un pensamiento maduro y libre como de una afectividad sexuada. Se ha mutilado y se ha auto castigado como una manera de cargar con la violencia transgeneracional y ha sido su cuerpo el lugar donde se han albergado las fantasías transgeneracionales.
Esto se observa claramente en un sueño que trae a sesión en el que se le acerca un muchacho guapo que ella cree que es bueno, pero cuando se le acerca la quiere dañar y comenta que ha pensado mucho qué habría pasado cuando su mamá la estaba esperando y la asaltan. Este asalto ha sido manejado en secreto, pero ella ha escuchado que cuando la asaltaron a la madre los asaltantes la desnudaron al igual que al jardinero y a la sirvienta y que le pusieron una pistola en el estómago. Ella cree que hubo una violación, de la cual nunca se ha hablado y ella cree que ni se hablará, pero que después de este incidente cuando ella era pequeñita, la mamá perdió otra hija. Es en este momento cuando ella empieza a hablar de sus temores y cómo siente que su cuerpo ha estado “paralizado”.
En este momento de su análisis, Ana empieza a hacerse consciente de sus necesidades, de sus grandes temores, temores a vivir. Sus patrones rígidos de conducta han disminuido. Ya puede permitirse ciertos gustos en la comida como en su vida emocional. Su superyó tan rígido ha disminuido y ya puede expresar con palabras y no a través de su cuerpo, su sentimientos tanto sexuales como agresivos. Sin embargo, aunque la menstruación ha regresado, Ana se resiste a curarse y la preocupación por el peso no disminuye y va a tardar en cambiar. La recuperación va a llevar un tiempo largo, pero creo que mientras las dos tengamos este espacio analítico podemos continuar en este arduo trabajo.

Resumen
Se presenta el análisis de una adolescente anoréxica de 15 años cuya enfermedad fue interpretada como un duelo no elaborado trasmitido transgeneracionalmente el cual se manifiesta en el cuerpo. Cuando la paciente nace, la madre había perdido una hija y había vivido un asalto, eventos de los cuales nunca se mencionaron. El síntoma de la paciente se manifiesta cuando la hermana se va a estudiar a la universidad fuera de casa. Los padres no tenían mucha comunicación y ella sentía una gran culpa de acercarse al padre por temor de romper la simbiosis con la madre y dejar descubierto el secreto familiar. Ella a través de su síntoma conservaba la unión parental. El tratamiento con esta paciente consistió al inicio en un trabajo de contención, para lo cual ayudó el equipo multidisciplinario. Esto ayudó para poder trabajar con las motivaciones inconscientes de la paciente y para develar los secretos familiares a través de los sentimientos transferenciales hacia la analista. A medida que va expresando sus temores, su cuerpo empieza a mobilizarse y a dejar la parálisis de su cuerpo.
Palabras clave: Anorexia, transgeneracional, duelo y cuerpo.

Summary
This paper deals with the analysis of an anorexic l5 year-old adolescent whose symptom, manifested through her body, is interpreted as a non-elaborated mourning transgenerationally transmitted. When this patient was born, her mother lost her baby sister and suffered an assault; these events were silenced. The patient’s symptom begins when her sister leaves home to college. Her parents did not communicate between them and she felt guilty to get closer to her father and break the symbiosis with her mother and reveal the family’s secret. It was through her symptom that she got her parents united.
The multidisciplinary equipment helped as a holding element at the beginning of this treatment. This helped to work with her unconscious motivations and to reveal family’s secrets through the transferencial feelings towards the analyst. As long as she could express her fears, her body starts to mobilize and stop her body paralysis.
Key words: Anorexia, transgenerational, mourning and body.

Recibido 8 de agosto de 2001, revisión recibida 4 de septiembre; aceptado para su publicación el 30 de noviembre 2001.

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1 Trabajo presentado en durante la XXIII Reunión Científica Anual “Aniversario Sigmund Freud” con el tema: “La supervivencia del psicoanálisis en el milenio que empieza”, el 5 de mayo de 2001. Asociación Psicoanalítica Mexicana, en Tequesquitengo, Qro.; y en el Segundo Coloquio Franco-Mexicano de París el 19 de julio de 2001.
• Dra. en Psicología (UNAM); Psicoterapeuta Psicoanalítica (AMPP); Psicoterapeuta Familiar y de Pareja (IFAC); Psicoterapeuta de Grupo (CEP-APM); Psicoanalista Titular (APM).

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