Veinticinco años de experiencias clínicas. Grupos, grupos y más grupos1

Rosa Döring Hermosillo*

e-mail: rosadoring@mexis.com

Grupos terapéuticos en reclusorios

Antes de graduarme como psicoterapeuta grupal en el año de 1974, formé mis primeros grupos terapéuticos en distintos reclusorios del D. F. Al principio leía los libros de los doctores Grinberg, Langer y Rodrigué, del doctor Zimmerman y del doctor Agustín Palacios tratando de seguir los criterios que ellos proponían para la formación de grupos.
Hice pareja para coterapia con el Dr. Octavio Márquez, psiquiatra. Después de haber entrevistado a 12 internos, por fin decidimos empezar con ocho de ellos con quienes consideramos que podríamos trabajar; encontramos que nuestros elegidos no querían venir al consultorio, o deseaban ser atendidos en forma individual. Así pasaron varias semanas hasta que nos percatamos de que los manuales desaconsejaban formar grupos terapéuticos con personas que se conocieran de antemano. Nuestros futuros pacientes no solamente se conocían, sino que además comían, dormían y vivían en el hacinamiento que toda cárcel presupone. Decidimos2 hacer caso omiso de las sabias recomendaciones: no incluir personas deprimidas, sociopatas, que hubieran cometido intentos de suicidio, demasiado esquizoides, etc., sin embargo estas eran las características de nuestros posibles pacientes.
Finalmente una tarde hicimos venir al consultorio a 25 reclusos que habrían de obtener su libertad al siguiente año, y nos desentendimos de pensar en el nivel socioeconómico similar, facilidad de palabra, posibilidades de insight, escolaridad X, rango de edades deseado, etc. En esa reunión nos pusimos de acuerdo para no mencionar la palabra psicóloga o psiquiatra. Al final de la primera sesión sólo dijimos: “Nosotros pensamos que cuando alguien es escuchado al contar sus problemas, se siente mucho mejor, así pues los invitamos a que cada viernes de 3 a 5 p.m. vengan a vernos para seguir platicando de lo que Uds. quieran”.
A la siguiente semana, nuestra sorpresa fue encontrar a unos 18 internos, contentos, puntuales y decididos a colaborar en compartir qué les pasaba, por qué estaban allí, cuáles eran sus ansiedades respecto a la salida del reclusorio y expectativas ante su nueva forma de vida. Nuestro trabajo terapéutico fue muy comprometido para ellos y para nosotros; logramos una cohesión grupal excepcionalmente buena. Los pacientes ventilaron sus quejas, hablaron de su permanente shock vital en tanto que internos; recrearon su pasado infantil y sus relaciones familiares que buenas o malas, habían sido con mucho, superiores a la situación de abandono en que vivían ahora. Aumentaron su capacidad para comunicar ideas, sentimientos y recuperaron autoestima al ser tratados nuevamente como individuos.
No tratamos de atenuar los errores que se cometían frente a sus mínimos derechos, pero también los concientizábamos acerca de sus aspectos masoquistas conforme los iban presentando, y les dijimos que su obligación era encontrar el mejor y más rápido camino hacia la libertad. Al cabo de 20 meses, después de que las autoridades del penal habían sido cambiadas, nos pusieron un jefe pasante de psicología que nos dijo que prefería que hiciéramos tests para llenar expedientes que se archivarían. Después se nos informó que el grupo podía continuar sólo si aceptábamos a un inspector calificado dentro de cada sesión. Nosotros compartíamos con el grupo las notificaciones y vicisitudes que se nos iban presentando, que conjuntamente interpretamos como que ya no nos querían en el plantel. En un primer momento el grupo maníacamente pensó que podía resolver nuestro problema si ellos pagaban nuestros sueldos, luego nos ofrecieron organizar una huelga de hambre general; pero no tuvimos más remedio que irnos conformando y poco a poco despedirnos. Le dijimos al grupo que nuestra renuncia era el ultimo grito de libertad al que teníamos derecho y simbolizaba también la futura libertad de ellos. Les explicamos que definitivamente ya no había las condiciones óptimas para trabajar.
Este fue mi principio como terapeuta grupal. Después trabajé en otras dos cárceles de donde también fui despedida, porque los reclusos tomaban conciencia individual y colectivamente, lo que las autoridades consideraban como un agravante de amenaza y por consiguiente peligroso. En una de estas cárceles tuve como pacientes a los vigilantes, recuerdo el impacto tan grande que recibieron cuando utilizando una técnica dramática, inversión de roles, cada uno de ellos “se puso en los zapatos de los internos” y pudo sentir la indefensión, la impotencia y el maltrato de que los internos eran víctimas por los propios vigilantes. Los celadores que jugaron el rol de los internos dijeron que cuando hubiera necesidad de hacer una revisión podría hacerse frente a los mismos internos, y así se perderían menos objetos de valor y dijeron que habían vivido a los celadores-celadores como intrusos, enemigos y ladrones, hablaron de la rabia que sintieron contra ellos durante el juego dramático.

Laboratorio de parejas

Durante mis primeros años de terapeuta, ya graduada, traté en consulta privada a muchas parejas, y junto con un colega, José Luis González Ch.,3 se nos ocurrió que podíamos llevar a las parejas agrupadas –entre 6 y 10– de fin de semana a un hotel en donde a través de muchas horas de trabajo, la convivencia entre ellos y nosotros, pudiéramos encontrar algunos hilos inconscientes que se habían generado en el curso de la cotidianidad de cada pareja y que se percataran de cómo el vínculo entre ellos estaba distorsionado y perturbaba su relación. Rescatábamos lo libidinal, que a veces no era tan fácil, para que desde allí la pareja pudiera hacer nuevos proyectos de convivencia. Este trabajo lo llevamos al cabo por 10 años en los que trabajamos con unas 200 parejas, algunas cuyos analistas nos las confiaban y las veíamos sólo en ese fin de semana. A veces sabíamos de alguna pareja que después de haber participado en nuestro Laboratorio, por fin llegaba a un divorcio que ya habían decidido desde años anteriores. También considerábamos esto como un buen resultado terapéutico. Fue un trabajo muy laborioso e interesante en donde aprendimos a hilar fino.

El grupo terapéutico con 35 pacientes

En el año de 1982 trabajamos Jorge Margolis y yo en coterapia, en el grupo RED (recepción, evaluación y derivación) de una clínica para la comunidad, y después de varias semanas no podíamos colocar a nadie pues todos los grupos terapéuticos estaban cerrados; yo me sentía desesperada y deshonesta pues al despedirme de los que esperaban, les daba falsas expectativas. Un día, sin más, me quedé viendo a los 35 pacientes que aguardaban su derivación y les dije: “Si vienen cada semana a esta hora es porque así les acomoda, que tal si no esperan más y hoy mismo declaramos que éste sea vuestro grupo, tal como están, en el horario que han ocupado desde hace cinco semanas.” Todos muy contentos aplaudieron mientras mi coterapeuta me miraba sorprendido pues yo me estaba saltando todos los procedimientos de la clínica. Frente a los pacientes le dije a mi compañero: “No hay problema, llegarán nuevos pacientes que tú atenderás y yo a mi vez invitaré a un nuevo coterapeuta en este grupo que ya tiene 35 pacientes”. Luego me dirigí al grupo: “De una vez síganme, vamos a otro consultorio”, ante la estupefacta mirada de mi coterapeuta.
Invité a José Luis González, diseñamos un modelo especial para este grupo amplio en el que sólo atenderíamos a los pacientes cada dos semanas, pero trabajando cinco horas seguidas en cada sesión. Iniciábamos cada semana la terapia con el grupo que era de entre 28 a 35 pacientes cuyas edades oscilaban entre los 17 y 55 años. Durante los primeros 70 o 90 minutos escuchábamos las intervenciones espontáneas, que incluían sueños y hechos recientes y de esas temáticas se derivaban ya los lineamientos de toda la sesión. Después hacíamos una división –caprichosa y a veces por alguna característica definida– y trabajábamos una parte del tiempo en dos subgrupos simultáneos en distintos consultorios. Notamos que en este grupo amplio la manifestación de las emociones era exagerada y en ocasiones hasta explosiva, provocando reacciones en cadena, la capacidad regresivante era mayor que en los grupos terapéuticos tradicionales de ocho personas; se despertaban ansiedades y defensas más primitivas, como las de la etapa oral.
En grupo amplio el yo se debilita, disminuye lo asociativo del pensamiento y hay una manifestación desenfrenada de sentimientos, se disuelven las fronteras del yo por las reacciones confusas impersonales de los demás y la falta de seguridad activa el conflicto central de separación con la madre. Frecuentemente notábamos la necesidad de acercamiento primario de piel a piel así como la necesidad de ser físicamente sostenidos por los demás y las transferencias laterales fueron muy fuertes. Los terapeutas éramos más activos e incluíamos trabajo psicocorporal, dramatizaciones y otras técnicas no analíticas que por supuesto, finalmente interpretábamos desde la teoría psicoanalítica.
Al final de cada sesión estaba el grupo total, con los dos terapeutas nuevamente, haciendo las interpretaciones que privilegiaban las fantasías inconscientes, hegemónicas de la mayoría de los participantes . Este grupo nos recordaba un pueblito en el que había roles muy definidos como: las autoridades, los comunicadores sociales, la “prostituta”, el “loco” y los que mercaban en el intervalo de la sesión: vendían pasteles, libros o artesanías y otros ofrecían trabajos a los que no lo tenían. Algunos pacientes rígidos, criticaban la libertad que se respiraba con la gama de las diferencias morales, como un principio de la organización social que dictaba leyes para la convivencia.
En 1984 me asocié con otros colegas para echar a caminar el primer “Grupo Mamut” que hicimos durante un congreso internacional de grupos y que tuvo la asistencia de unos 80 terapeutas que jugaron participando o participaron jugando.
Esos grupos mamut los seguí formando en distintos congresos o en situaciones especiales, pero aunque me parecían muy divertidos, realmente no sabía cómo podrían ser terapéuticos. En un precongreso de grupos tuvimos un mamut con más de 90 personas y al final del congreso teníamos un espacio para comunicación clínica que se llamó: “Lo terapéutico de los grupos mamut”. La sorpresa es que no llevábamos nada escrito y conjuntamente con nuestros 90 participantes de dos días antes y otros 30 asistentes que habían estado previamente en alguno de nuestros mamut pudimos lograr una gran lluvia de ideas en la que conceptualizamos datos muy interesantes que nos llevaron después a escribir la “Antropología del grupo Mamut” (González, 1996).

Terremoto de 19854

En 1985 ocurrió una gran tragedia en México, con saldo aproximado de setenta mil muertos en dos días. Pocas horas después del temblor aunque estaba aterrada por lo que acababa de ocurrir y por lo desconocido, me ofrecí como voluntaria para ayudar. Una ambulancia de la Cruz Roja me condujo a uno de los barrios más afectados, en una escuela se había improvisado un albergue. Al llegar allí encontré muchas personas hacinadas en colchones o cobijas, varios bebés enfermos que lloraban y todo el mundo espantado. Llegaban las provisiones que se almacenaban en la cocina, nadie sabía quién tenía que hacer qué cosa y a mí se me ocurrió aplaudir y gritar:
“¡Vamos a jugar a la rueda!”. Se me acercaron varias personas sorprendidas y les dije: “Nos sentamos, nos vemos las caras, decimos nuestros nombres, en la segunda ronda contestamos: ¿Cómo nos sentimos? ¿Qué nos preocupa y qué necesitamos?” Casi 30 adultos y unos 15 niños estuvieron una hora y media jugando a la rueda. Así conseguí una cierta tranquilidad, pues había ganado la lucha contra la serialidad y el anonimato. Supe después que en otros albergues, aun 20 días después, se referían a: “La señora que se le murieron dos hijos” “El hombre que estuvo enterrado”, etc.

El grupo de 190 médicos sobrevivientes de dos hospitales
Dos semanas después del terremoto tres colegas me invitaron a trabajar con un grupo de doctores que hacían sus distintas residencias en dos hospitales que se derrumbaron. Los jóvenes médicos tenían problemas serios de la piel, varios habían quedado casi calvos y muchos tenían pesadillas o insomnio. Por supuesto algunos de ellos habían intentado superar el stress postraumático con distintos psicofármacos que no les habían dado ningún resultado. La mayoría pensaba no tener el derecho a sentirse tan mal, siendo médicos ellos mismos. Nos hicimos cargo del grupo y lo subdividimos para escuchar sus impresionantes relatos en donde todo había sido complicado y frustrante, cada uno había sido impotente; uno de ellos estuvo junto de una guardería en la que había una mujer y 40 niños atrapados. El esperaba poder socorrerlos pero sus voces paulatinamente se iban haciendo cada vez más lejanas. Los padres de los bebés estaban junto a él esperando en vano que las máquinas pudieran remover los escombros. Los relatos eran por demás escalofriantes.
Al final de la mañana varios médicos se acercaron para decirnos que se habían percatado tanto del poder de la palabra como de la fuerza del grupo, y que estaban sorprendidos de cuánto habían mejorado al haber compartido sus experiencias recientes. Al otro día volvimos a encontrarnos con este mismo grupo y el clima fue de mayor emoción, llanto y relatos inenarrables. Al final de este encuentro hicimos conjuntamente una reflexión: aparte de lo que hemos perdido, ¿Qué es lo que todavía nos queda? ¿Qué podemos hacer de ahora en adelante? El trabajo fue muy positivo, hicieron consideraciones realistas respecto a su situación de cómo terminar la especialidad, cómo salvar sus vidas o qué condiciones de seguridad exigirían de ahora en adelante, etc.
La UNICEF envió distintos especialistas para implementar ayuda rápida y útil para miles de personas que estaban en desgracia: mutilados, con familias desarticuladas, refugiados bajo tiendas de campaña improvisadas y cientos de personas que habían quedado como zombies sin poder moverse de las zonas de desastre esperando que aparecieran los cuerpos de sus familiares, con la esperanza de que ocurriera un milagro y su familiar reviviera..

Promotores de salud mental
Mis compañeros del grupo mamut y yo fuimos rápidamente contratados. Tuvimos un grupo de 80 personas que provenían de las colonias más afectadas y que habíamos convocado para ayudar a la comunidad. En el primer tiempo este grupo mamut de 80 voluntarios fue para atender la angustia y desesperación que los abrumaba y tuvo carácter terapéutico. Después se organizaron brigadas para asistir a los albergues improvisados: viviendas semiderruídas, escuelas, sindicatos, hospitales, etc. Nosotros les dábamos una enseñanza vívida, práctica, teórica y técnica. Cada mañana los supervisábamos en pequeños grupos y luego comentábamos en asamblea sirviéndonos de enseñanza la conceptualización de lo que entendemos por salud mental y alentándolos a que promovieran grupos que pudieran llegar a ser autogestivos y que dejaran actuar a los líderes naturales de la comunidad. En este grupo de Promotores de Salud Mental también jugábamos, dramatizábamos, incluíamos el cuerpo y al final conceptualizábamos. Esto sirvió de aprendizaje, de contención, fue terapéutico y de supervisión didáctica. Los promotores iban a la comunidad para formar grupos con damnificados, de esta manera a su vez, tenían un efecto multiplicador, trabajaban con miles de personas y nosotros los ayudábamos a elaborar y a mejorar las técnicas de abordaje a la comunidad.
Trabajamos con ese gran grupo, cada semana, durante cinco meses, y nos rescatábamos mutua y colectivamente. Con esta experiencia aprendimos que los grupos mamut, en caso de emergencia, sirven como organizadores de la comunidad afectada y ayudan a aceptar el cambio que es inminente. Posibilita a las personas a organizarse en la medida en que son confrontadas con la nueva realidad y las liberan de sus fantasías regresivas, reactivadas por el pánico. Todo lo que habíamos aprendido sobre los grupos amplios lo pudimos aplicar en esos momentos de tanta premura, incertidumbre y desazón.

Explosión en San Juanico

El origen de la explosión fue el estallido de una pipa que iba a cargar combustible, aunque los habitantes ya habían percibido un penetrante olor a gas desde las tres de la mañana. Un periódico escribió: “Fueron siete las explosiones, a partir de las 5.45 a.m. Las llamas alcanzaron miles de metros; los tanques de acero con un peso de 30 toneladas volaron a 300 metros de altura. Se reportaron unos 400 muertos, 5000 heridos, la destrucción de 200 casas y la inhabilitación de 150 más. Los desalojados fueron 200,000.”
Un miembro de una ONG que estaba ayudando a la comunidad se percató de que varias personas actuaban como si el siniestro hubiera tenido lugar un día antes, aunque ya habían pasado dos años, las personas estaban nerviosas, dormían mal, los niños fracasaban en la escuela, sufrían anorexia, insomnio, irritabilidad, problemas en la piel y terrores nocturnos.
Me pidieron que hiciera una intervención en dicho lugar y junto con otros colegas combinamos para dar por la mañana atención a un grupo de mujeres sobrevivientes5 que se acompañaban de sus hijos menores de tres años, por la tarde otros terapeutas atendían a más adultos y a dos grupos de niños. En la primera reunión los niños se atropellaban en sus relatos, la intensidad de la realidad vivida parecía fantasía: hablaban de piso que quema, ruido ensordecedor, sorpresa, sensación de fin del mundo, muerte real y fantaseada, llantos, gritos, olor a quemado, casas destruidas, gente que corre tras el estallido y finalmente una gran confusión.
El material que dibujaron tiene impresionantes esferas rojas, que les venían encima, salchichas de fuego “protegidas por el diablo que triunfaba sobre la virgen,” muertos, ambulancias, quemados, casas destruidas, un cielo rojo con amarillo, y la reja que rodeaba a los tanques de gas y que simbolizaba el sentimiento de abandono e incomunicación que han vivido por años, rodeados de diferentes gaseras que según dijeron no han recibido mantenimiento en 20 años. Había niños que estuvieron callados, resistentes a dibujar o jugar y al final relataban la muerte de un familiar cercano.6 Otros mostraban las cicatrices, quemaduras e injertos o relataban las experiencias cuando vivieron en los albergues, toda la angustia vivida al desconocer el paradero de sus padres por varios días.
Al final de nuestra tarea habíamos logrado un acercamiento más libre de los niños que estaban más despiertos y participativos y sus madres dijeron que paulatinamente habían empezado a salir y jugar más, debido a que estaban menos tristes. Había disminuido la angustia y el rechazo, se podía hablar de los muertos y de la pena por el final de la intervención terapéutica pero también había proyectos por continuar, autogestivamente con actividades integrativas para la comunidad. El esfuerzo de todos fue enorme así como la satisfacción de los que trabajamos en la elaboración del duelo.

Asilo de ancianos

En 1988 en una pequeña ciudad visité un asilo de ancianos que me habían dicho era el mejor pues cada uno tenía una habitación propia; coincidí con ellos en una de sus comidas y noté que cuando departían en la mesa se veían muy enojados y a veces parecían más gruñir que hablar. El hecho de que fueran de clase económica alta y les pagaran una sirvienta a disposición de cada uno, hacía que todo lo exigieran y no tenían ni que abotonarse el suéter.
La directora estaba muy orgullosa de su institución y yo le pedí que me dejara hacer grupos. Ella se negó diciendo: “No quieren moverse ni hacer nada, ya se ha intentado todo.” La convencí y me fui a la Facultad de Psicología a solicitar una docena de “chavos” que estuvieran interesados en aprender el trabajo de grupos y asistir gratuitamente a los ancianos recluidos. Colaboraron entusiastamente, y estudiamos partes del sencillo libro del Dr. Yalom dando ejemplos y haciendo simulacros de grupos etc. Por fin llegó el día esperado y entramos a la comunidad de los ancianos de clase acomodada y cuál fue nuestra sorpresa, que en vez de formar un grupo de ocho personas, pudimos congregar tres grupos que desde su silla de ruedas, desde sus 90 años y desde su aislamiento sí querían participar, relacionarse y compartir, diciéndose todo lo que habían mascullado internamente durante meses o años. Trabajamos un periodo en el que fue evidente que también los ancianos pueden beneficiarse de la agrupación y de la contención que da el grupo. Por supuesto que no teníamos que buscar un punto de partida como la regresión, ni la depresión, sino más bien una manera de elaborar desde allí, en donde por su misma edad ya se encontraban.

Integración de técnicas psicocorporales y sexuales

Al principio de los años 90 sea me ocurrió aprender técnicas psicocorporales y empecé a estudiar masaje, movimiento y música. En 1993 se me presentó la oportunidad de estudiar psicoterapia sexual que también me interesó mucho y terminé ambas formaciones alrededor del 95. Ya con los conocimientos de terapia sexual he dado diversos talleres en grupos amplios de personas con incapacidad física: ancianos, invidentes y a personas jóvenes hipoacúsicas, ayudada por tres traductores. Mi profesor de terapia sexual me pidió que lo ayudara en su clínica para personas de escasos recursos, pues tenía en ese momento en lista de espera a 120 pacientes. La idea de pasar una tarde entera en la clínica y atender a cinco o seis personas me pareció inoperante y aburrido. Reflexioné varios minutos y le propuse que me diera 15 mujeres preorgásmicas y 15 hombres con eyaculación precoz para hacer dos grupos de dos horas cada uno. El profesor Eusebio Rubio me dijo: “Ni Helen S. Kaplan, ni otros han reportado trabajos grupales. Además no hay nada más íntimo que la vida sexual, ¿Cómo crees que se va a poder?” Yo pensé: “¿Acaso no era íntimo tener tuberculosis y escupir sangre (Pratt, 1905); si no era vergonzoso ser alcohólico y compartirlo con desconocidos como se hace en A. A.?” Finalmente lo convencí y pedí a Liliane Friedman recién graduada, que me acompañara en la experiencia. Trabajamos unos cinco meses juntas y aunque el espacio no era el óptimo pudimos mejorar las técnicas que se iban complementando; lo psicocorporal, el masaje, la relajación, las estrategias de Kaplan (1974) y el manejo grupal (Lowen, 1988; Braddock, 1995).
En la primavera del 98 Guatemala acababa de firmar la paz, después de 37 años de guerrilla. Jorge Margolis, contratado por UNICEF me escogió junto con otros nueve terapeutas grupales para apoyar con un programa de salud mental a los exguerrilleros que estaban concentrados en ocho diferentes campamentos, en distintas regiones del país. Trabajamos cuatro sesiones con cada grupo de exguerrilleros. En la primera el tema fue: ¿Cuáles eran las condiciones previas a mi levantamiento? La segunda fue: ¿Qué aprendí y qué actividades realicé durante la clandestinidad? En la tercera: ¿Cómo me encuentro hoy, aquí? y ¿qué significado tiene este campamento? Finalmente, la cuarta sesión sirvió para prepararlos para la entrega de las armas, que ya casi formaban parte de su esquema corporal y pensar: ¿Qué voy a hacer mañana, dónde y cómo pienso vivir? Los acompañábamos para regresar a la vida civil. Entre los 3,600 guerrilleros había una población amplia de mujeres y por supuesto, jóvenes y niños que habían nacido en la guerrilla y no sabían casi nada de la vida civil. El grupo más pequeño que tuvimos fue de 400 personas.
Esta fue una experiencia muy interesante pues planteaba problemas inusitados desde los lugares de reunión que eran: a mitad de la selva, en la falda de un volcán, a la orilla de un río, etc. En lugares tan recónditos que el gobierno tuvo dificultad para encontrarlos durante 37 años. En términos de temperatura estuvimos durante las cuatro semanas oscilando entre los cuatro y los 42° C. En más de una ocasión notamos que había una silla para cada tres personas en virtud de que los campamentos se habían construido para ser usados exclusivamente durante tres meses. Las habitaciones eran para 38 personas y tanto la luz, como alimentos, y cobijas estaban racionados; los exguerrilleros afortunadamente con gusto, compartían todo con nosotros. Cuando hablábamos de cosas tan dolorosas y difíciles como la pérdida de sus compañeros, las aldeas arrasadas, etc, los guatemaltecos se “olvidaban” del castellano y recurrían a ocho distintos lenguas, de manera que la operatividad de cada encuentro tenía que hacerse en relación con las diferentes etnias y necesitando tres o cuatro traductores para cada sesión. De acuerdo a las circunstancias, en un momento dado el manejo de grupos Mamut puede ser realmente bastante enriquecedor, útil, y satisfactorio para la comunidad en momentos de crisis.

En el otoño de mi vida
Me encuentro haciendo un trabajo de verdad entretenido y divertido: coordino con Liliane Fridman y Reyna Hernández Cruz grupos de mujeres básicamente preorgásmicas, aunque también hemos incluido pacientes con dispareunia, y vaginismo así como grupos de eyaculadores precoces en los que hemos incluido pacientes con disfunción eréctil y deseo hiper e hipoactivo. Estos grupos son abiertos y se abastecen sobretodo de radioescuchas de diversos programas radiofónicos locales. Asisten personas con oficios de veladores, choferes, policías, obreros, etc que no podrían pagar la consulta privada. Las edades varian entre 17 a 74 años y la edad promedio de las mujeres es de 28 años y la de los hombres de 35.
En estos grupos por una parte he podido integrar las técnicas de terapia grupal, las psicocorporales y por supuesto las estrategias de Helen S. Kaplan y las que hemos ido agregando en casos especiales; como por ejemplo un paciente invidente que está progresando o con mujeres sumamente traumatizadas que han sufrido violencia o abuso sexual. Considero que mi quehacer es acompañar a los pacientes a conocerse primero mirándose al espejo desnudos y luego tocándose el cuerpo, disolviendo gradualmente la inhibición y la culpa. Inútil decir que el primer trabajo es desde luego abatir las resistencias forjadas por muchos años en distintas instancias como la religión, familia, escuela y la sociedad en general.
En estos grupos continúan siendo importantes las enseñanzas de Freud sobre el inconsciente, la represión, transferencia y contratransferencia, la resignificación del evento traumático, etc. Hoy por hoy trabajamos en grupo porque, el grupo da pertenencia a personas con la misma problemática y la disfunción que los hace sentir aislados, al ser compartida, los puede unir en el sentimiento de frustración. Como los grupos son abiertos, desde el principio el recién llegado puede relacionarse con alguna persona que haya obtenido algunas mejorías y que le da la bienvenida, y le representa una esperanza concreta para la solución de su propia disfunción. En el grupo se genera pronto un clima de confianza y de seguridad psicológica para abordar las tareas a seguir. La confidencialidad y discreción crea un ambiente que favorece el compromiso y empatía en el grupo. La competencia promueve que el avance de algunos produzca un efecto movilizador en los demás. Actualmente distribuimos las dos horas de la sesión, así: primero, dinámica psicocorporal con todo el grupo, 30 minutos aproximadamente en los que cada uno se pone en contacto con su cuerpo, y con el aquí y el ahora. Usamos movimientos que ayudan a concientizar el cuerpo para hacerse cargo de sus inhibiciones y rigideces, para poder superarlas. Trabajamos especialmente la zona de la sexualidad, el centro bajo que está trabado. Buscamos la relajación acompasada por la respiración, el cuerpo en contacto con el piso, los ojos cerrados, dejando que la música entre por todos los poros y el estrés desaparezca, comprendiendo que en ese momento nada es más importante que las sensaciones.
Se trata de jugar con el cuerpo, perder el miedo al ridículo y paulatinamente estar alegres en un constante intercambio de energía, miradas y bromas. Se trata de ver y tocar, ser vistos y tocados. A veces trabajamos con automasajes o masajes recíprocos y también hacemos dinámicas por parejas, con las que investigamos confianza vs. desconfianza, dar y recibir; dirigir o ser dirigido. En este período pueden aparecer insights que son muy útiles para los pacientes. Ejemplos: “No me dejo ir porque no quiero perder el control”. “En la mirada del otro, me percaté de que la cercanía me produce ansiedad”. “Me ocupo tanto de lo que necesita la otra persona que me olvido de mí misma”, etc. Lo importante es romper el círculo: fracaso, angustia, evitación para que lleguen a la salud sexual que es poder armonizar el deseo erótico con la intimidad para disfrutar el contacto sexual con alguien querido. En el grupo de hombres hacemos movimientos muy lentos que llevan a desanudar profundas trabas energéticas y al cabo de repetirlos armónicamente llegan a ser muy placenteros.
En el segundo tiempo: comentarios acerca de lo que acabamos de vivir en el grupo y también si hay cosas muy importantes que quieren que todos sepamos. Este es el espacio en el que un paciente nuevo se presenta y es acogido por el grupo.
En el tercer tiempo dividimos al grupo en tres subgrupos para atender las necesidades individuales y revisar las tareas asignadas a cada uno. En ese espacio damos un encargo nuevo a cada persona y hacemos una nota que da cuenta de la evolución exacta de cada paciente, para que la siguiente semana pueda hacer la revisión de su progreso con cualquiera de las tres terapeutas. En nuestros grupos la sexualidad se vuelve una manera de acercarse y comunicar con alguien a través del cuerpo, de contactos y sensaciones, es un intercambio y calidad de expresión de una manera creativa con libertad y aceptación.
En el caso de las mujeres el avance parece más lento, las causas más profundas y complejas y las resistencias más tenaces. El clima grupal es más emotivo y jocoso y a veces más apagado y depresivo. Algunas mujeres viven el orgasmo muy rápidamente como si sólo hubieran requerido nuestro permiso para sentir y procurarse su propio placer. Algunas han dicho que en la adolescencia aprendieron a controlar sus sensaciones, no demostrar que sentían, a ser “de palo” pues sabían que sentir es ser débil, frágil o puta. A veces la escisión entre mente y cuerpo es tan perfecta que una paciente nos relató que al principio del tratamiento hacía la tarea de autoconocimiento de manera ambivalente: con una mano tocaba los genitales y con la otra sostenía un libro, para estudiar a la vez.
En este grupo para conseguir el objetivo: orgasmos, el camino es desarrollar la autoestima que se ha visto afectada por la insatisfacción sexual, quitarles la vergüenza por sentir, trabajar la integración total del cuerpo incluyendo el área genital que ha sido excluida del esquema corporal. Ellas vienen a consulta movidas por: inquietud al no percibir sensaciones, preocupadas por su relación de pareja, y por sentirse mal al ocultar la incapacidad para disfrutar la sexualidad. Llegan buscando una respuesta individual y de pareja a largo plazo. Cuando han conseguido todo esto muchas permanecen en el grupo para hablar de cosas de mujeres, para plantear su relación con hijas adolescentes o con sus propias madres y otras aunque ya no vivan en la capital piden autorización para llegar al grupo eventualmente, y no perderse del todo. He podido advertir que las mujeres se comprometen más que los hombres y desean resolver su conflictiva e identidad más a fondo y son más constantes que ellos.
En el grupo de los hombres el avance terapéutico es más fácil pues al entrenarse y cambiar las causas inmediatas, más superficiales, logran pronto controlar su eyaculación. Hacen muy débiles transferencias laterales, no socializan fuera del grupo, tampoco se despiden de nosotras y pocas veces agradecen al terminar su tratamiento. En este grupo nuestra primera tarea es darles confianza en el tratamiento a pesar de que las tres terapeutas somos mujeres, y que puedan disminuir la angustia de desempeño para que vayan controlando la eyaculación en sus prácticas de autoerotismo que sólo pueden hacer cuando pierden el miedo al castigo por la masturbación. Les insistimos en que ésta es un camino al placer y está al alcance de la mano. Necesitamos que los hombres tomen consciencia de su cuerpo como un todo, que registren las sensaciones más allá de los genitales, que recuperen el sentido lúdico, que se armonicen con el ritmo lento, con firmeza y coordinación para llevarlos a la relajación. Es importante que conozcan mínimamente las diferencias de la respuesta sexual humana en hombres y en mujeres para quitarse las diversas fantasías que les impiden gozar en su vida sexual, por ejemplo, el mito del pene chico, la excesiva importancia puesta en la erección y en la penetración, dejando de lado o anulando totalmente los juegos preliminares. Poco a poco la vida sexual ya no es un reto deportivo en el que cuentan el número de penetraciones, para tener conocimiento y trato sutil a su pareja. Gradualmente les importa más la sensualidad que la penetración. Llegan a no avergonzarse de comportarse tiernamente con su pareja.
En ambos grupos se trata de que los pacientes dejen los prejuicios acerca de la sexualidad y que vayan descubriéndose, conociendo distintas sensaciones, pudiendo ubicarlas, nombrarlas y asumirlas hasta llegar a tener lucidez de las mismas y que sus sentidos registren cualquier parte del cuerpo, no sólo alrededor de los genitales. Es muy interesante acompañar al paciente que se va apropiando poco a poco de su cuerpo y descubre los diferentes goces de la piel, los cambios de temperatura, la piloerección, el cambio de la respiración, aprende a relajarse y en resumen a conocerse y a quererse.
El año pasado un instituto de salud para trabajadores me invitó a participar con grupos de mujeres con los temas: “El día de la madre”, “El reto de ser mujer” y finalmente “La mujer como jefa de familia”. En el primer encuentro hubo unas 80 mujeres, en el segundo cerca de doscientas y para la última vez que nos reunimos llegaron 655, pero como las encargadas de la puerta se espantaron, solamente dejaron pasar a 455 y pidieron a las otras doscientas regresar al día siguiente. El hecho fue que otras seis terapeutas y yo trabajamos el tema: “La mujer, jefa de familia” con 455 entusiastas mujeres y en un bello exconvento del siglo XVI, finamente remodelado con elementos muy modernos, y un alto techo que tenia domos que dejaban entrar la luz cenital por la que nos guiábamos para ver cómo anochecía.
Después de hacer el warming up (calentamiento) y por parejas un ejercicio de masaje y de relajación, recogimos las preocupaciones conscientes e inconscientes de la mayoría en los siguientes temas: el divorcio, la autoestima, la pasividad de la mujer, autonomía e independencia, problemas de salud, violencia y sexualidad, relaciones familiares, el machismo, rivalidad entre mujeres y las etapas de la vida. Formamos diez numerosos grupos que trabajaron con el tema que cada quien se había identificado. Algunos grupos concluyeron su discusión presentando una dramatización, otros una canción o escultura que mostraba el tema elaborado. Me sorprendí por la facilidad y felicidad que se reflejaba en el rostro de cada persona que subía al escenario y nos ofrecía una producción creativa que arrancaba risas y aplausos de toda la asistencia. El equipo coordinador hacía algunos señalamientos en cada presentación y agregábamos lo que considerábamos pertinente al grupo total. Al final, en varios círculos grandes y concéntricos hicimos una evaluación general de lo que habíamos aprendido esa tarde y hubo acuerdo de que el trabajo aunque efímero había sido provechoso y profundo.
Toda la trayectoria de mi trabajo se fundamenta en la teoría psicoanalítica, y lo demás han sido aplicaciones de la misma a las diferentes técnicas. Podría decir que mi metapsicología va de Freud, a Melanie Klein, a Bion, a las técnicas psicocorporales, pasando por la nueva terapia sexual de Helen S. Kaplan. Los grupos que mencioné anteriormente fueron las vicisitudes extraordinarias, que se fueron presentando en mi vida mientras que normalmente, además me dedicaba a los grupos tradicionales, de ocho pacientes en consulta privada.
Gracias a mis 60 años y debido a mis inquietudes, exceso de energía y deseos de conocimiento, considero haber logrado mucho de lo que he deseado en mi trayectoria profesional. Así como también he pasado por momentos difíciles que han constituido retos que he ido superando a satisfacción, mientras tenga salud y energía seguiré haciendo frente a las eventualidades, y sirviendo a través de mi profesión. Especialmente quiero agradecer a las mujeres con las que tanto he compartido y aprendido.
Agradezco a todos los maestros que he tenido en mi vida, –incluyendo a los malos profesores que me enseñaron lo que no se debe hacer. A la Asociación AMPAG de la que recibí mi formación. Profundamente doy gracias a la vida que en mi juventud me indicó con certeza cuál era mi vocación. Doy gracias a todas las instituciones que me han tenido confianza dándome oportunidad de trabajar con diversos grupos. Agradezco a todos los pacientes que compartieron conmigo su intimidad y especialmente a los que habían tenido intentos suicidas y que no los repitieron mientras tuvieron terapia grupal conmigo.
Doy disculpas a todos los coterapeutas con los que he trabajado y toleraron mis respuestas impulsivas, mi imposibilidad de planear las cosas mis “aceleres” en algunas situaciones en donde esperaban lo inesperable: mi calma y tolerancia.
Resumen
Trátase de una reseña de la trayectoria profesional que he seguido en 25 años. Siendo terapeuta grupal hace diez años también hice las formaciones de terapia sexual y de técnicas psicocorporales que paulatinamente integré a lo largo de mi viaje profesional. Distintas vicisitudes extraordinarias me permitieron intervenir en situaciones especiales como: cárceles, laboratorio de parejas, grupos terapéuticos amplios, formación de promotores de salud mental, grupos de sobrevivientes de un grave temblor y de una gigantesca explosión, asilo de ancianos, grupos de exguerrilleros, y de mujeres y grupos con pacientes con disfunciones sexuales. Mi trabajo se fundamenta en la teoría psicoanalítica que me es esencial y lo demás han sido aplicaciones de la misma a distintas técnicas. Mi esquema conceptual referencial operativo va de Freud a Melanie Klein, a Bion, a las técnicas psicocorporales, pasando por la nueva terapia sexual de Helen S. Kaplan.
Palabras clave: Grupoterapia psicoanalítica, disfunciones sexuales.

Summary
It is about my professional development through 25 years of experience as group therapist. Recently I have also been trained as sexual therapist and as massotherapist which I have integrated at my professional journey. Different extraordinary events allowed me to take part in special situations: jails, couple laboratories, large therapeutic groups, groups in an old people retirement home, training mental health promoters, large groups of survivors after an earthquake, gas explosion, as well as in ex guerrilla groups, women and sexual dysfunction patients, attended in groups. My work is based in the psychoanalytical theory and its application to other techniques. My ideology goes from Freud to Melanie Klein, to Bion and psychocorporal techniques going through the new sexual therapy by H.S. Kaplan.
Key words: Psychoanalytical group therapy, sexual dysfunctions.

Recibido 31 de marzo de 2001, revisión recibida 31 de mayo; aceptado para su publicación 11 de junio de 2001.

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1 Versión ampliada de la Ponencia leída en la Sesión Científica sobre “Grupalidad”, Asociación Psicoanalítica Mexicana, 31 de marzo de 2001.
* Doctora en Psicología Clínica (UNAM); Coordinadora de actividades científicas de la Asociación Mexicana de Psicoterapia Analítica de Grupo, A. C. (AMPAG); Secretaria de la Asociación Mexicana de Salud Sexual, A. C. (AMSSAC) tel. 5549-3274
2 Ver Marcos (1983).
3 González, 1988; Döring et al, 1982.
4 Campuzano et al., 1987.
5 y 6 Ver al respecto Kubler-Ross, 1985; Levine, 1982.

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