Desarrollo y Consciencia1

Manuel Isaías López*

e-mail: drslopez@data.net.mx

Norma Alicia León R.**

e-mail: drslopez@data.net.mx

La abundante literatura de los últimos treinta años documenta el concepto actual de que el recién nacido tiene, al nacer, un repertorio conductual que es el resultado de un largo y complicado desarrollo biológico y psicológico intrauterino (López y León, 1997) Este desarrollo responde a una extensa programación etológica que hace posible la supervivencia en el medio extrauterino, enfrentando el síndrome de adaptación posnatal y asegurando el desarrollo de una respuesta de interacción con la figura proveedora de cuidados primarios.
Al nacer, el niño está listo para respirar. Sus músculos respiratorios se han adiestrado para ello, aunque hasta ahora nunca había respirado. Sus órganos digestivos ya tienen práctica suficiente en la secreción y utilización de jugos digestivos, y se encuentran listos para digerir la leche materna. El gusto por el sabor dulce de la leche materna; presente desde el séptimo mes de la vida intrauterina (Bradley y Mistretta: 1975), la avidez con que el recién nacido busca la estimulación visual (Haith: 1969); la afinidad y preferencia por la voz de la madre,2 el encuentro de la fuente de la voz de la madre preparado y determinado por una visión convenientemente fija a una distancia propicia a la cara de la madre,3 que se sincroniza con la experiencia olfativa, auditiva, visual, gustativa, táctil y cinética con la gratificación de la necesidad oral; nos indican que el encuentro con la madre y con el mundo, y el desarrollo del vínculo, ha sido preparado en el niño durante la vida intrauterina, y que cuando nace el ser humano el fenómeno etológico que liga a la madre con el hijo ya se encuentra establecido.4 Toda la constelación senso-perceptual queda circunscrita a la gratificación del poderoso impulso oral, que representa una urgencia en la que la madre (o partes de ella) es investida intensamente con la motivación (apetencia), como fuente exquisita de la satisfacción que lleva el desequilibrio de la insatisfacción al equilibrio en el que el niño ha saboreado y gustado de la leche de la madre, escuchando su ya muy conocida voz y experimentando la tibieza y tersura de su piel con su propio cuerpo, con sus manos y con sus labios en un clima de entrega a la satisfacción de la imperiosa necesidad oral.
Estamos describiendo una compleja constelación de vivencias. Unas participadas a través de todas las vías sensoriales, otras experimentadas como resonancias emocionales de la satisfacción del deseo etológicamente programado para pugnar por satisfacción. Todas estas vivencias –así padecidas–, ya sincronizadas, concordadas y sintonizadas en el ámbito de la relación materno infantil; representan una múltiple impronta de gran significado emocional tanto para el hijo como para la madre. Es posible teorizar que esta impronta que se produce en forma repetitiva en un vaivén entre la satisfacción, la insatisfacción y nuevamente la satisfacción constituye un primordio de la representación del objeto y, por ende, del sí mismo; es decir, de la autoexperiencia: de la conciencia.
A través de este ejercicio repetitivo en el que las primeras acciones cognoscitivas emergen fusionadas a las resonancias emocionales de la gratificación pulsional, el infante está iniciando la organización de un mundo representacional muy anterior a la emergencia de la capacidad simbólica.5
Los autores experimentalistas han estudiado los patrones de regulación mutua entre la madre y el lactante a través de microanálisis de películas y vídeos (Beebe y Lachmann: 1988) y, en este proceso de formación del primordio del self , han descrito la producción de una serie de acciones que constituyen dichos patrones.6 Los hallazgos de esos autores parecen indicar que este primordio del self no surge simplemente de las acciones del infante ni de las respuestas del proveedor de la satisfacción primaria; sino más bien del proceso mismo de ajustes recíprocos según éstos crean los patrones de regulación mutua que el infante va recordando y esperando que sucedan. Dicho de otra manera, el primordio de la conciencia es la sustancia de estas representaciones interactivas tempranas que incluyen percepciones, afectos y propiocepciones en un emergente fenómeno diádico que en un terreno de socialización las experiencias primordiales del sí mismo y del otro son estructuradas simultáneamente.7
A partir de la formación de estas representaciones primordiales, en la constante repetición de las experiencias relacionales tempranas descritas, van configurándose las representaciones mentales del infante, que eventualmente llegarán a ser simbólicas.8 Es decir, que ya no requerirán de la presencia del otro para ser evocadas en el aparato psicológico del menor. Entendemos que a lo largo de los tres primeros años evolucionan las representaciones primordiales (presimbólicas) en la interacción del niño con la madre, luego con el padre, y de ambos padres entre sí en relación con su hijo y con éste en su presencia en la realidad.9
Describimos esta fenomenología desde 1988 (López: 1995; López y León: 1988, 1992, 1997) entendiendo que finalmente la autorrepresentación mental del infante se va configurando simultáneamente a la representación final que se configura en el aparato mental de los padres a través del período de separación-individuación que Mahler describió como el nacimiento psicológico del niño (1974). Desde entonces entendíamos el desarrollo del primordio de la personalidad como un fenómeno interaccional entre el niño y ambos padres.
Ahora bien, hemos descrito anteriormente que el niño nace con una aptitud y una apetencia para establecer la vinculación con la madre que es caracterizada por la importancia motivacional que asegura la supervivencia inmediata y el desarrollo psicológico posterior a través de las vivencias interaccionales que organizan progresivamente las representaciones presimbólicas como primordio de las representaciones del sí mismo y del objeto. Por parte de la madre, distinguimos también la existencia de un proceso de preparación para el interjuego diádico con el hijo, que se ha gestado a través del proceso de embarazo psicológico que ambos padres han experimentado a lo largo del embarazo biológico. Nos estamos refiriendo a la representación mental del hijo por nacer que ambos padres conforman en su aparato psicológico en una gestación que ha derivado de elementos representacionales provenientes de todas las etapas de su desarrollo. Entre estos: a) elaboraciones idealizadas en torno al yo ideal y al ideal del yo tanto de los padres como de los padres de éstos, b) elementos representacionales originados en las resoluciones relativas de sus situaciones edípicas y adolescentes, c) elementos surgidos en la modalidad peculiar del establecimiento de la relación de pareja; dependiendo de la entrega alcanzada en la regresión que implica la relación misma.
Nuestra hipótesis es que la representación del hijo por nacer en los aparatos mentales de ambos padres logra relativa síntesis y unidad dependiendo del grado de adecuación de la relación de pareja que logran en la medida que, en la regresión, desarrollan una representación mental de ellos mismos como unidad pareja en la vinculación real.10 Hemos emprendido en otros trabajos (López, 1978; López y León, 1988, 1989, 1990, 1992) el estudio minucioso de los orígenes de la representación mental del hijo por nacer, como estructura crucial a expensas de la que se desarro-llará la personalidad del hijo.
Es necesario subrayar que nos parece muy importante distinguir la naturaleza de dicha representación mental del hijo por nacer, por el papel que juega en la conformación de la representación de sí mismo en el aparato mental del hijo –del self– y de su personalidad misma. Nosotros entendemos que la naturaleza de esta estructura es distinta a la de una fantasía. En este sentido es que pensamos que resulta riesgoso acuñar términos extravagantes sin explicar qué entendemos por qué. Nosotros entendemos que la fantasía está ligada fundamentalmente al deseo insatisfecho. Siguiendo a los psicoanalistas orientados en la escuela del yo, entendemos que la fantasía, como una función del yo, tiene como objeto la recreación mental de la satisfacción y, frecuentemente, la posposición de la satisfacción; y que la fantasía inconsciente representa el objeto de satisfacción de un deseo insatisfecho y es una estructura del id. Es decir, representa la insatisfacción misma que surge del id (Glover, 1945) Si queremos entender con precisión la naturaleza de la representación mental que los padres tienen del niño por nacer, hemos de distinguir que ésta no es solamente una fantasía, aunque contiene, entre muchos otros componentes, contenidos (fantasías inconscientes) de deseos insatisfechos. Tomamos en cuenta que el entendimiento kleiniano, que ha pasado al entendimiento vulgar, del término fantasía, dictaría que cualquier representación es una fantasía; pero en el entendimiento de estos fenómenos, sea como sea, es muy importante que logremos diferenciar que son muchos componentes los que cristalizan en dicha representación mental del hijo por nacer además de la satisfacción fantaseada de las carencias de las que los padres son portadores.
En el sistema formado por los aparatos psicológicos de ambos padres se gesta la representación del hijo por nacer a expensas de elementos transportados de las diferentes etapas de su desarrollo. La madre lleva esta estructura a su interacción diádica inicial con el hijo recién nacido. La representación del hijo se va modificando progresivamente en las interacciones reguladoras mutuas entre madre e hijo en la continua interacción de la pareja parental, y en la díada madre-hijo. La representación real del hijo en las mentes de los padres se va actualizando a través de las funciones del sistema formado por los aparatos psicológicos de ambos padres y del infante, que a través de esta translaboración coparticipativa va alcanzando la propia conformación y actualización que culminan con la constancia objetal (simbolización) que corona el período de separación-individuación.
Mahler (1974) describió que el nacimiento psicológico del niño se realiza a través del período de separación-individuación. Siguiendo sus enseñanzas, entendemos que a través del proceso que ocurre en el aparato psicológico del infante durante este período, surge, paulatina y progresivamente, en su mente, la noción de su propia existencia. Esta noción, se entiende desde la filosofía, es lo que da al ser humano la actualidad de serlo. Antes de la noción de la propia existencia, el humano sólo es una posibilidad.11 Desde Aristóteles se entendió que es el movimiento12 que lleva al ente de su posibilidad de ser, a ser; lo que le constituye su entelequia, su perfección, lo que le da ser. Ahora bien, en el infante en desarrollo, ese movimiento desde la potencialidad a la realidad de ser no ocurre en la dimensión de lo físico ni de lo espacial. Se da en la vigencia de la interacción que mueve recíprocamente a la madre y al infante de sus potencialidades a sus realidades de ser madre y ser humano respectivamente.
Decía Winnicott (1974) que en el desarrollo individual, el precursor del espejo es la cara de la madre. Y que lo que el lactante mira en la cara de la madre es a sí mismo. La mayoría de los investigadores describen alguna forma de remedo, parodia o imitación comunicativa y apareamiento que claramente parece ser clave en el intercambio cara a cara entre la madre y el niño en los primeros meses. Comenta Beebe (Beebe y Stern, 1977; Bebee y Lachmann, 1988; Beebe, Lachmann y Jaffy, 1997) que la naturaleza exacta de este apareamiento no ha sido definida en forma precisa. Pensamos que la naturaleza exacta de esta fenomenología no va a poder ser definida –explicada– dentro del marco de las esperanzas de los autores experimentalistas, quienes tendrán que conformarse con describir que sucede. De momento, hemos de recurrir a la metafísica aristotélica para intentar una explicación un poco más íntima del surgimiento de la conciencia.

Conclusión

Las ciencias experimentales sólo pueden aspirar a describir cómo ocurren los fenómenos y qué es lo que resulta de ellos; no podrán explicarnos la naturaleza íntima del fenómeno. No podrán darnos cuenta y razón del surgimiento de la conciencia como consecuencia de una confluencia de percepciones, propiocepciones, anhelos de impulso y resonancias afectivas de la excelsa satisfacción (gratificación) que lleva al humano a serlo, y que lo determina a continuar este perfeccionamiento a través de la interacción (regulación mutua) con la madre, luego con el padre, luego con otras figuras con quienes en el transcurso de su vida logrará el mismo grado de exquisitez en la interrelación.
La ocurrencia del desarrollo de la conciencia tiene que estar superimpuesto sobre la serie de fenómenos neurobioquímicos perceptuales y representacionales que lo hacen posible. El espacio donde se da el fenómeno conciencia es metafísico, y es el espacio del encuentro diádico en el que el infante encuentra y experimenta la otredad de su sí mismo en la interacción con la madre en la confluencia de los fenómenos de percepción, propiocepción, satisfacción e insatisfacción intermitente. Lo que finalmente aquí nos interesa es el prodigio específico que promueve al infante a la actualización de su potencialidad humana. Fenómeno que es resultado de una interacción exquisita que tipifica el tú trascendente13 que produce el yo del infante en la interacción multidimensional cuya trascendencia es el afecto que promueve y da surgimiento al ser humano; ser, cuyo sentido solamente puede ser hallado en su relación con el otro (Levinas, 1974) ya que la conciencia de sí mismo es ser el tú del otro; verse reflejado en ese otro.
El fenómeno de interacción exquisita que tiene como primer logro el desarrollo de la conciencia de sí, se continúa y se refina a través del desarrollo infantil y alcanza perfección en el cumplimiento de las tareas de la adolescencia para alcanzar la voluntad de poder que perfecciona a la pareja, que logra la unidad pareja y la capacidad parental que consigue engendrar los instrumentos afectivos que promoverán la potencialidad humana de la prole.

Resumen
El recién nacido tiene un repertorio conductual que es el resultado de un largo y complicado desarrollo biológico y psicológico intrauterino que responde a una extensa programación etológica que hace posible su supervivencia en el medio extrauterino. Cuando nace el ser humano, el fenómeno etológico que liga a la madre con el hijo ya se encuentra establecido. A partir de ahí, una compleja constelación de vivencias deja múltiples impresiones de gran significado emocional tanto para el hijo como para la madre. Es posible teorizar que estas impresiones constituyen un primordio de la representación del objeto y, por ende, del sí mismo; es decir, de la autoexperiencia: de la conciencia. Por parte de la madre, distinguimos también la existencia de una preparación para el interjuego diádico con el hijo; preparación que se gesto a través del proceso de embarazo psicológico que ambos padres experimentaron a lo largo del embarazo biológico. Nos estamos refiriendo a la representación mental del hijo por nacer que ambos padres conforman en su aparato psicológico en una gestación que ha derivado elementos representacionales provenientes de todas las etapas del desarrollo de ambos. Durante el período de separación-individuación, surge paulatina y progresivamente la noción de la propia existencia en el aparato psicológico del infante. Esta noción, se entiende desde la filosofía, es lo que da al ser humano la actualidad de serlo. Antes de que desarrolle la noción de la propia existencia, el humano sólo es una posibilidad. En la convicción de que las ciencias experimentales sólo podrán describir que esta fenomenología sucede y que tiene una consecuencia, recurrimos a la filosofía para intentar dar mayor cuenta y razón de ella.
Palabras clave: Conciencia, autoconciencia, origen del self.

Summary
The newborn has a behavioral repertoire which is the result of a complicated and prolonged biological and psychological intrauterine development, which is the result of an extensive ethological program that makes survival possible outside of the maternal womb. When the human being is born, the ethological phenomenon that ties mother and child is already established. From there on, a complex constellation of experiential situations leave multiple impressions with an enormous affective meaning for both, mother and child. It is possible to theorize that this constellation of perceptions, affects, satisfactions, etc., constitutes a primordium of the object representation and, consequently, of the self representation. We are referring to the presymbolic autoexperience: the conscience. We also recognize in the mother a preparation phase for the dyadic interplay with her son. This preparation phase evolved throughout the process of psychological pregnancy that both parents experienced along with the biological pregnancy. We are referring to the mental representation of the son to be born that both parents develop in their respective psychological apparatuses. This representation contains representational elements drawn from every one of the parents’ own developmental stages. The notion of the infant’s own existence progressively emerges in his mental apparatus through the separation-individuation period. This notion, understood from a philosophical point of view, is what gives the human being the actuality of being. Before developing the notion of his own existence, he was only a possibility. Convinced that experimental sciences can only describe the occurrence and consequence of this phenomenology, we recur to philosophy to attempt a more intrinsic understanding of this process that culminates in the actuality of being.
Key words: Conscience, autoconscience, origin of the self.

Recibido 31 de octubre de 2000, revisión recibida 6 de diciembre de 2000; aceptado para su publicación 10 de enero de 2001.

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1 Una versión más breve de este trabajo fue presentada en el VIII Congreso del Instituto de Psiquiatras de Lengua Española. Cuernavaca, Morelos, 15 de septiembre de 2000.
* Jefe Académico de Humanidades, Escuela de Medicina, Universidad Anáhuac. Socio Numerario y Vitalicio de la Academia Mexicana de Pediatría. Psicoanalista didácta, Asociación Psicoana-lítica Mexicana.
** Psicoanalista Titular, Asociación Psicoanalítica Mexicana. Doctora en Psicología Clínica.
2 No ha sido fácil para los experimentalistas mostrarnos la preparación y adiestramiento que el feto desarrolla desde los últimos meses de la gestación en las áreas de sus funciones auditivas que son productoras y resultado de la correspondiente mielinización de los nervios cocleares (Richmond y Herzog: 1979), y que permite luego, al recién nacido, reconocer la voz de la madre y mostrar una enorme afinidad y preferencia por ella (DeCasper y Spence:1986).
3 Los hallazgos de Fantz (1961) sugieren que el recién nacido mira preferencialmente a patrones faciales. Haynes y colaboradores (1965) reportaron que los estudios de acomodación por retinoscopía dinámica muestran que la visión del recién nacido parece fija a una distancia de acomodación media de 19 cms.
4 En función de esto entendemos que en el ser humano no se observa que dicho ligamen se vea interferido cuando el recién nacido es separado de la madre, en contraste con los animales. En éstos existe un período crítico neonatal en el que la separación u otros eventos interfieren con la disponibilidad de la madre para alimentar y proteger a su producto, ya que dicha formación está programada etológicamente para desarrollarse en tal período crítico.
5 Numerosos autores han sugerido que los modelos internos tempranos de self, objeto y su relación surgen de los patrones de interacción experimentados por el infante (Beebe y Stern: 1977; Beebe, Lachmann y Jaffy: 1997; Bebee y Lachmann: 1988, Emde: 1981; Fairbairn: 1954; Main, Kaplan y Cassidy: 1984; Sander: 1983; Stern: 1977, 1985; Sullivan: 1953). Vives y Lartigue (Vives y Lartigue:1994; Lartigue y Vives:1997) han revisado exhaustivamente los conceptos relacionados con los términos apego y vínculo y sus implicaciones para el desarrollo infantil temprano.
6 La proposición de Beebe y Lachmann (1988) es que las estructuras de interacción organizan representaciones tempranas. Citan varios estudios que muestran que estas estructuras de interacción temprana predicen la cognición, el apego y las estructuras de interacción en el segundo año de la vida.
7 El hijo se va experimentando a sí mismo como la otredad de la madre. El período en que se da esta formación del primordium del self es considerado por Beebe y Lachmann como presimbólico precisamente por que es un fenómeno interaccional en el que las representaciones primordiales del self y del objeto requieren de la presencia de la madre.
8 Las experiencias del primer año son radicalmente transformadas con el principio del pensamiento simbólico, que se inicia al final del primer año, y se reorganiza a lo 16 o 18 meses, y es constituido aproximadamente al tercer año (Beebe: 1988.) Con la habilidad de simbolizar las relaciones entre los objetos, el niño puede percibirse a sí mismo como una entidad objetiva. Esta etapa es la culminación del proceso de construcción de las representaciones de objeto y de self en los tres primeros años de la vida. Este proceso continúa en formas significantes a través de toda la vida.
9 Los cónyuges dependen el uno del otro para desarrollar al máximo sus propias funciones psicológicas y para alcanzar la culminación y cumplimiento de las tareas de la adolescencia. Entre éstas, la consolidación final de las relaciones objetales reales y la capacidad parental (López y León: 1992.) La gestación psicológica tiene su contrapartida en el proceso de embarazo biológico que ambos padres comparten y cuyo órgano compartido es el útero. Así, la concepción de la representación mental del hijo tiene su contrapartida en la concepción biológica a través de la cópula. El órgano de este acto, que ambos padres comparten, es el pene.
10 Nos hemos referido a este proceso como una translibidinización (López y León: 1992).
11 Hegel entiende que la noción del humano de que es, y de que es él quien existe, actúa, opta; es lo que le da la calidad de humano. El ejercicio de conocer y de ejercer las acciones que ha optado es lo que lleva su potencialidad al acto. Es decir, esa noción –esa libertad– es lo que constituye su naturaleza substancial.
12 Movimiento metafísico.
13 Martín Buber describe la relación yo-tú que no cosifica, que establece el tú personal, que promueve y autopromueve y que lleva a la reciprocidad más auténtica que es el amor (1922).

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