De la pulsión sexual a la pulsión de vida (Eros) en la obra de Freud1

Juan Vives Rocabert*

e-mail: jvives@data.net.mx

Junto con el concepto del inconsciente y la teoría del conflicto psíquico, la doctrina de las pulsiones tiene una trascendencia nuclear dentro de la metapsicología. De ahí la importancia de su sistematización, ya que su teorización pasa por tres momentos bien definidos dentro de la obra freudiana, cambios en los que se opera una transformación radical no sólo del concepto mismo de pulsión, sino que estos cambios conmueven radicalmente los postulados de la propia teoría metapsicológica. Hablamos de tres momentos ya que consideramos que entre la primera (pulsiones sexuales y pulsiones del yo) y la segunda doctrina (pusiones de vida y pulsiones de muerte), las modificaciones introducidas en su estudio sobre el narcisismo (libido yóica y libido objetal) se corresponden con aspectos teóricos que van más allá de la descripción de las distintas depositaciones de la libido. Como veremos, el que la libido catectice al yo o los objetos es el primer cuestionamiento acerca del destino de descarga postulado por el punto de vista económico de la metapsicología –observaciones adelantadas, es verdad, desde mucho antes (El Proyecto... y La interpretación de los sueños), donde ya se concibe al deseo como investidura libidinal de la representación psíquica de la experiencia de satisfacción.
Asumimos al término pulsión como una buena aproximación al vocablo alemán Trieb, que ha sido traducido al castellano indistintamente por instinto, pulsión, pulsión instintiva e impulso instintivo, y al inglés como drive, instinct y urge en la Standard Edition de J. Strachey. Aunque Freud usó tanto Trieb como Instinkt, el segundo término fue escasamente empleado o estuvo referido a comportamientos fijos y heredados.
Una de las características centrales del psicoanálisis es que nos ofrece una teoría de las pulsiones como explicación de la actividad psíquica y como fuerza estructuradora del aparato psíquico. Sin pulsión nos quedaríamos sin el elemento energético para explicar tanto el funcionamiento mental como la vida misma, por lo tanto es un concepto en el que se sostiene la metapsicología. Son los impulsos instintivos en interjuego dialéctico constante con los objetos, los que van formando el aparato mental del sujeto.
Definición de pulsión

Si atendemos a la definición ofrecida por Laplanche y Pontalis (1968, p. 337) entendemos a la pulsión como un “proceso dinámico consistente en un impulso (carga energética, factor de motilidad) que hace tender al organismo hacia un fin. Según Freud, una pulsión tiene su origen en una excitación corporal (estado de tensión); su fin es suprimir el estado de tensión que reina en la fuente pulsional; gracias al objeto, la pulsión puede alcanzar su fin”.
Desarrollo del concepto de pulsión en Freud

A pesar de que Laplanche y Pontalis mencionan que el término pulsión no aparece en la obra de Freud antes de 1905, y emerge un tanto tardíamente en los Tres ensayos... de ese año, el hecho es que encontramos el uso de este concepto a partir de 1894 en las cartas y Manuscritos que Freud anexaba en sus cartas a Fliess, en el Proyecto... de 1895 y en La interpretación de los sueños de 1900. Concretamente, la primera mención aparece en el Manuscrito G, dedicado a la melancolía; aunque los precursores del término aparecen en distintos lugares de la correspondencia, donde se hace referencia a los “afectos sexuales” y a las “excitaciones endógenas”.
De esta manera nos encontramos con la carta del 21 de mayo de 1894 en la que aparece un Freud entusiasmado por tener la sensación “de haber tocado uno de los grandes misterios de la Naturaleza”,2 es decir, por haber atisbado sobre la etiología de las neurosis y su relación con los llamados “afectos sexuales”. En estos momentos puede reconocer tres mecanismos: “1) la transformación del afecto (histeria de conversión); 2) el desplazamiento del afecto (ideas obsesivas); 3) el trueque de los afectos (neurosis de angustia y melancolía). En todos estos casos sería la excitación sexual la que experimenta tales transmutaciones”.3 Es claro que Freud concibe a las neurosis como derivadas etiológicamente de una desafortunada vicisitud de los “afectos sexuales”. Un poco más adelante, en este mismo escrito, nos aclara que “el término ‘afecto sexual’ debe comprenderse, naturalmente, en su sentido más amplio, como una excitación de cantidad definida”.4
El Manuscrito D,5 probablemente un anexo de la carta anterior, nos muestra una clasificación de las neurosis y un esbozo teórico sobre su etiología, donde se hace mención tanto de una “teoría de la constancia”, como de una “teoría de la sustancia sexual”.
Muy poco tiempo después, en el Manuscrito E que versa sobre la angustia, aborda directamente el problema de las neurosis como resultado de un incremento de las “excitaciones endógenas” –término que utilizará posteriormente en el Proyecto... y que desemboca en el concepto de pulsión– “cuya fuente reside en el propio cuerpo (hambre, sed, instinto sexual)”.6 En este documento distingue, además, entre tensión endógena física y tensión endógena psíquica, con lo que establece por un lado el territorio de las neurosis actuales, derivadas de la acumulación de la primera (como es el caso de la neurosis de angustia), y por el otro el área de las psiconeurosis –aunque en este momento el cuadro clínico mencionado es el de la melancolía, producida por un gran incremento en el anhelo de amor, que ha quedado insatisfecho. Otro aspecto fundamental apenas iniciado en este Manuscrito E se refiere al hecho de que “la tensión endógena puede crecer en forma continua o discontinua”, pero tanto en uno como en el otro caso, solo puede ser percibida, es decir, llegar a la conciencia, una vez ha alcanzado cierto umbral, o sea, cierta acumulación cuantitativa. “Sólo por encima de dicho umbral es elaborada psíquicamente y entra en relación con determinados grupos de ideas, que organizan entonces la reacción específica. En otros términos: una vez que ha alcanzado cierta magnitud, la tensión sexual física despierta la libido psíquica, que desde allí conduce al coito, etc.”7 Se trata, entonces, de una de las primeras descripciones de la pulsión –aún bajo la denominación de “excitación endógena”– como límite entre lo físico y lo psíquico, y de que dicha fuerza es el motor del psiquismo y de toda posibilidad de acción futura.
Incidentalmente mencionaremos también que en este manuscrito aparece el problema de la tensión física acumulada que no puede formar “afectos sexuales” por existir una insuficiencia en las funciones psíquicas y, consecuentemente, no poder ser “ligada” psíquicamente, dando lugar a la angustia. Aunque Freud relaciona este estado de cosas con la neurosis de angustia, de hecho está rozando el fundamental problema de los padecimientos llamados psicosomáticos, caracterizados, justamente, por esa incapacidad del aparato mental de dar una forma simbólica –psíquica– a ciertos contenidos afectivos, es decir, a determinados derivados pulsionales.
En el Manuscrito G es interesante hacer notar que Freud comienza a hablar ya directamente de la pulsión en un área que, justamente, está referida a un tipo de cuadro clínico –la melancolía– que se caracteriza por una depleción o carencia pulsional. De hecho, Freud se refiere a este cuadro diciendo que “en la melancolía probablemente se trate de alguna perdida: una perdida en la vida instintiva del propio sujeto.”8 Lamentablemente, la muy cuestionable traducción al castellano de José Luis Etcheverry –quien cada vez traduce peor– nos habla primero de “una pérdida, producida dentro de la vida pulsional”9 en su versión de las Obras completas, y luego se rectifica a sí mismo para ofrecérnoslo como “una pérdida en la vida querencial”10 en su traducción a las Cartas a Wilhelm Fliess; esta última versión no hace justicia al término Triebleben que puede entenderse mejor y con ventaja como “vida instintiva” –como lo hace López Ballesteros. Por su parte, Strachey lo traduce como “a loss in instinctual life”,11 texto que se repite en forma idéntica en la traducción que J.M. Masson hizo más adelante a la versión completa de la correspondencia Freud-Fliess.12
Dado que la melancolía está provocada por una pérdida de la vida pulsional, no nos extraña que con frecuencia se manifieste clínicamente como una anestesia y que, dado que se trata de una pérdida, el afecto dominante en este tipo de cuadros sea el de duelo. “La melancolía consistiría en el duelo por la pérdida de la libido”.13 Más adelante, al escribir los Tres ensayos..., Freud plasmará la definición de “libido” como la energía psíquica específica de las pulsiones sexuales. Cuando esta energía psíquica cesa o falta, el sujeto se deprime, cae en un cuadro melancólico y puede terminar suicidándose; en otras palabras, desde este primer escrito, la pulsión está caracterizada por aquello que energiza al psiquismo, lo que le mueve y motiva, como algo sin lo cual la vida deja de tener sentido y valor.
Otro aspecto conectado con el anterior es la relación de la pérdida de la vida pulsional y la aparición de dolor. En este Manustrito G, Freud establece que la melancolía ocurre gracias a una “inhibición psíquica con empobrecimiento instintual, y el dolor consiguiente”.14 Etcheverry traduce este texto como una “inhibición psíquica con empobrecimiento [pulsional15] querencial y dolor por ello”.16
Más adelante Freud nos explica, en una terminología muy cercana a la del Proyecto..., que cuando un “grupo sexual psíquico sufre una pérdida muy considerable en la magnitud de su excitación, ello lleve a una especie de invaginación en lo psíquico [una contracción en lo psíquico, traduce Etcheverry17] que ejercerá un efecto de succión sobre las magnitudes de excitación vecinas.”18
Es casi inevitable no remitirnos a pensar en la semejanza entre lo mencionado por Freud y algunos conceptos de la física moderna, ya que lo descrito en este Manuscrito G es un auténtico “agujero negro” de lo psíquico. Las neuronas asociadas –dice Freud– se ven precisadas a ceder su excitación, lo cual produce dolor. Y agrega que “la disolución de asociaciones siempre es dolorosa. Como si fuera por hemorragia interna, prodúcese un empobrecimiento del caudal de excitación –es decir, de la reserva libre– que se hace sentir en los demás instintos [otras querencias, dice Etcheverry] y funciones. Este proceso de invaginación tiene acción inhibidora y actúa como una herida, de manera análoga al dolor (véase la teoría del dolor físico [en el Proyecto...])”.19
Un poco más delante de este mismo Manuscrito G, Freud nos deja saber que encuentra semejanzas entre este proceso y la neurastenia donde “se produce un empobrecimiento muy análogo, debido a que la excitación se derrama [escurre], en cierto modo, como por un orificio, pero es este caso es derramada la tensión sexual somática, mientras que en la melancolía el drenaje se produce en lo psíquico”.20
Como podemos ver hay en lo anterior al menos tres puntos a destacar: a) la existencia de una energía –la libido– de la pulsión sexual; b) esta energía se explica en su comportamiento dinámico siguiendo un modelo hidráulico; y c) se establecen algunas de las vicisitudes de esta energía, tratada conceptualmente como si de un fluido se tratase: vicisitudes hidráulicas que en el caso de la melancolía transitan por lo psíquico, mientras que en la neurastenia lo hacen en el terreno de lo físico.
Pensamos que Freud no podía sustraerse ni permanecer ajeno a las fantasías de su tiempo, mitos populares que ponían en las sustancias sexuales –en el semen, concretamente– la fuerza vital que en el caso de ser desperdiciada por la masturbación “excesiva”, debilita al sujeto que, de esta suerte, queda empobrecido y debilitado. Lo mismo seguirá impregnando el pensamiento de Freud aún en épocas tan avanzadas de sus desarrollos psicoanalíticos como en Introducción al narcisismo de 1914, cuando describe el drenaje de libido que ocurre cuando ésta catectiza a un objeto externo, con el empobrecimiento yóico consecutivo; en contraposición con lo que ocurre cuando la libido –narcisista– catectiza al propio Yo. La clínica cotidiana, sin embargo, nos ofrece una y otra vez, ejemplos de lo contrario, pues la capacidad de amar y de dar es lo que provoca la mayor sensación de riqueza interna en los sujetos, mientras que la imposibilidad de dar y de amar hacen que el sujeto se viva vacío y empobrecido, por lo que con frecuencia es un estado que da pie al sentimiento de envidia.
Pero siguiendo con las metáforas hidráulicas de Freud en su tratamiento del concepto de pulsión y de libido (como fuerza específica de la pulsión sexual), entendemos que los conceptos de “orifico o agujero” por el que se “derrama o escurre” la sustancia libidinal, como si de un líquido se tratara, enfatizan una metáfora que luego tendrá que ser corregida o tamizada –cuando elabore la segunda tópica y la segunda doctrina de las pulsiones. El que un concepto energético como la libido sea tratado originalmente desde una metáfora que tiene que ver con el territorio conceptual de lo fluido, lo hidráulico, nos remite al concepto del liquido seminal que es en donde se apoya esa abstracción teórica denominada libido –término para designar la energía de la pulsión sexual.
Resulta lógico que Freud redactara su tan controvertido Proyecto de una psicología para neurólogos, anclado conceptualmente en una pretensión positivista de fundar la comprensión del aparato mental en términos neurofisiológicos. Con términos casi idénticos a los que ya habíamos visto en algunos manuscritos y cartas anteriores, Freud se refiere a los “estímulos endógenos”, también necesitados de ser descargados. Estos “se originan en las células del organismo y dan lugar a las grandes necesidades: hambre, respiración, sexualidad. El organismo no puede sustraérseles, como lo hace frente a los estímulos exteriores”21 y sólo pueden cesar bajo las condiciones de una “acción específica”. Estos “estímulos endógenos” constituyen la fuerza que provoca ese apremio de la vida al que se encuentra sometido el individuo, como se desprende de lo escrito en relación a las barreras de contacto que son más altas en el sistema de las neuronas psi que las barreras de las vías endógenas de conducción, por lo que hay un incremento constante de la cantidad que se almacena. “Desde el momento en que la vía de conducción alcanza su nivel de saturación, dicha acumulación no tiene límite alguno. Aquí, psi se encuentra a merced de la cantidad, y de tal modo surge en el interior del sistema el impulso que sustenta toda actividad psíquica. Conocemos en esta fuerza de la voluntad, el derivado de los instintos [Trieb, en el original alemán]”.22 Pero, ¿cuál es la naturaleza de estas “excitaciones endógenas” que parten de las células del organismo? No hay duda –nos dice Freud– de que se trata de que “los estímulos endógenos estarían constituidos en ambos casos por productos químicos cuyo número y variedad bien puede ser considerable”.23 James Strachey nos recuerda que Freud persiguió durante toda su vida la posibilidad de encontrar una posible fundamentación química de su teoría de las pulsiones, particularmente en lo tocante a las pulsiones sexuales. De hecho, existen claras referencias al tema en el Manuscrito D y en la famosa carta 52 del 6 de diciembre de 1896.24
De cualquier manera, conviene recordar cuando abordemos el problema de la pulsión de muerte que los conceptos de “Q endógena” y de “estímulos endógenos” del Proyecto... son claros precursores del ulterior concepto de pulsión y están referidos a un origen corporal, biológico, que al ingresar al psiquismo lo hace a través de su representante-representación.
En La interpretación de los sueños de 1900 hay una sola breve mención referida a la vida pulsional. En el capítulo VI consagrado a la “elaboración onírica”, al referirse a la representación simbólica de los sueños donde Freud nos ofrece nuevos ejemplos de sueños típicos, en un apartado nos advierte que “ningún instinto [pulsión] ha tenido que soportar, desde la infancia, tantas represiones como el instinto sexual [la pulsión sexual] en todos sus numerosos componentes, y de ningún otro perduran tantos y tan intensos deseos inconscientes, que actúan luego durante el estado de reposo provocando sueños”.25 Casi inmediatamente después de esta cita, reconoce que muchos sueños son bisexuales y gratifican tendencias homosexuales latentes del soñante. Esta observación es importante porque ratifica el hecho de que, para Freud, la pulsión sexual está formada por “numerosos componentes” –lo que más tarde denominará pulsiones parciales.

Primera teoría pulsional.

La introducción “oficial” del concepto de pulsión aparece en 1905, en los Tres ensayos para una teoría sexual. En este trabajo encontramos la primera definición formalizada de pulsión como concepto límite entre lo biológico y lo psíquico: “Bajo el concepto de ‘instinto’ [pulsión] no comprendemos primero más que la representación psíquica [la agencia representante, traduce Etcheverry26] de una fuente de excitación, continuamente corriente o intrasomática, a diferencia del ‘estímulo’ producido por excitaciones aisladas procedentes del exterior. Instinto [pulsión] es, pues, uno de los conceptos límites entre lo psíquico y lo físico”,27 para agregar más adelante que “lo que diferencia a los instintos [pulsiones] unos de otros y les da sus cualidades específicas es su relación con las fuentes somáticas y sus fines. La fuente del instinto [de la pulsión] es un proceso excitante en un órgano, y su fin más próximo está en hacer cesar la excitación de dicho órgano”.28 Estos instintos o pulsiones –dice Freud– tienen una raíz innata, aunque pueden sufrir vicisitudes que las dirijan hacia manifestaciones perversas, hacia una neurosis o hacia la normalidad.
Hay que puntualizar, sin embargo, como lo hace Green, que cuando Freud habla de la pulsión como de un concepto límite entre lo biológico y lo psíquico, se refiere a que “es el concepto lo que está en el límite, no la pulsión”;29 lo cual vuelve a abrir el debate sobre el sitio de la pulsión en la teoría psicoanalítica. Así, el “concepto límite” deberá de entenderse como una construcción teórica que intenta dar cuenta del sitio en el que se realiza la traducción que hace posible que tengamos advertencia psíquica de algunos de los estímulos endógenos: los que tienen que ver con las grandes necesidades corporales.
Freud establece que, provisionalmente, una doctrina de los instintos (o pulsiones) “es la de que los órganos del cuerpo emanan excitaciones de dos clases, fundadas en diferencias de naturaleza química. Una de estas clases de excitación la designaremos como específicamente sexual, y el órgano correspondiente como ‘zona erógena’ del instinto parcial de ella emanado”.30 Este tipo de hipótesis provisionales nunca satisfizo del todo a Freud, dado que aún en épocas tan avanzadas como 1924, agregó un nota a sus Tres ensayos... en la que hacía ver su insatisfacción con este tipo de construcciones teóricas, cuando mencionaba que, “la teoría de los instintos es la parte más importante de la teoría psicoanalítica, pero también la más incompleta”.31
En la época en la que escribió los Tres ensayos... una de las concepciones teóricas que le había llamado la atención fue la de Moll, quien en 1898 había mencionado que podríamos descomponer a la pulsión sexual en dos tendencias: “el instinto de contrectación e instinto de detumescencia”,32 el primero provocando la búsqueda del objeto y el segundo favoreciendo la descarga de la pulsión. Es posible que el nunca resuelto a satisfacción problema del placer preliminar, al que Freud dedica importantes párrafos en esta obra, tenga que ver con este tipo de antecedente teórico. Placer previo y placer final son términos freudianos que podemos entender como íntimamente conectados conceptualmente con las ideas previas de Moll.
En este trabajo pionero, Freud parte del hecho de que para explicar la sexualidad tanto humana como animal, hay que postular la existencia de un “instinto [o pulsión] sexual”. A la manifestación de esta necesidad fisiológica la designará con el término de libido. Desde el mero inicio de sus explicaciones, Freud nos da a conocer dos de las características distintivas de dicha libido: “la persona de la cual parte la atracción sexual la denominaremos objeto sexual, y el acto hacia el cual impulsa el instinto [la pulsión]: fin sexual”.33 En un agregado de 1910, Freud nos recuerda que “la máxima diferencia entre la vida erótica del mundo antiguo y la nuestra está, quizá, en que para los antiguos lo importante era el instinto mismo y no, como para nosotros, el objeto”.34
Una de las características de dichas pulsiones es que pertenecen a un tipo de fuerzas que, aún en condiciones normales, son difícilmente dominadas por las actividades anímicas más elevadas, entre otras cosas porque Freud deja establecida la idea de que la agresión, la crueldad y la “pulsión de apoderamiento”, son una parte constitutiva de las pulsiones sexuales: “este elemento agresivo, mezclado al instinto sexual, constituye un resto de los placeres caníbales; esto es, una participación del aparato de aprehensión [aparato de apoderamiento, dice Etcheverry, p. 144] puesto al servicio de la satisfacción de la otra gran necesidad, más antigua ontogénicamente”.35
Por otra parte, Freud nos advierte que “el instinto [la pulsión] sexual no es, quizá, algo simple, sino compuesto, y cuyos componentes vuelven a separarse unos de otros en la perversiones”;36 en otras palabras, la llamada pulsión sexual es múltiple en su origen, aunque tiende a integrarse al servicio de la genitalidad y la reproducción, pero es susceptible de subdividirse en sus componentes en caso de regresión libidinal y descomponerse en sus múltiples pulsiones parciales originales. Deberemos de regresar a esto cuando veamos si la pulsión de muerte (tratada por Freud en ocasiones usando el plural, tanto al hablar de pulsiones de muerte como de pulsiones agresivas y/o destructivas, sobretodo en sus escritos posteriores a El Yo y el Ello) es una pulsión antagónica del Eros, tal como fue formulado originalmente por Freud, o se trata de una forma de pulsión sexual de muerte, como ha postulado recientemente Laplanche.37
Freud nunca deja de tener presente el factor constitucional al hablar de las pulsiones; de hecho nos advierte que en cuadros clínicos como la histeria, estamos en presencia de un “poderoso desarrollo del instinto sexual”38 [“un despliegue hiperpotente de la pulsión sexual”, traduce Etcheverry, p. 150]. En función de tomar este factor constitucional en toda su significación, es el primer investigador de la sexualidad que sitúa a dichas pulsiones como operando desde la infancia –y no a partir de sus manifestaciones en la pubertad, como era comúnmente aceptado en el ambiente médico de su época. A partir de estos inicios, puede asumir que “la actividad sexual se apoya primeramente en una de las funciones puestas al servicio de la conservación de la vida, pero luego se hace independiente de ella”.39 Más adelante, al hablar de la zona oral, precisa las siguientes peculiaridades: “En el acto de la succión productora de placer hemos podido observar los tres caracteres esenciales de una manifestación sexual infantil. Esta se origina apoyada en alguna de las funciones fisiológicas de más importancia vital, no conoce ningún objeto sexual, es autoerótica, y su fin sexual se halla bajo el dominio de una zona erógena”.40 En forma semejante a lo ocurrido con la etapa oral, las funciones fisiológicas correspondientes a la zona anal ofrecen un apuntalamiento para el desarrollo de la libido anal.
Como puede advertirse a lo largo de su obra, Freud nunca excluyó la importancia del objeto externo en el desarrollo infantil en general y de la libido en particular. En este sentido, fue muy claro al postular que “debemos reconocer que la vida sexual infantil entraña también, por grande que sea el predominio de las zonas erógenas, tendencias orientadas hacia un objeto sexual exterior. A este orden pertenecen los instintos de contemplación, exhibición y crueldad, que más tarde se enlazarán estrechamente a la vida genital”.41
En relación a los orígenes de la pulsión sexual, Freud menciona que “la excitación sexual se origina: a) Como formación consecutiva a una satisfacción experimentada en conexión con otros procesos orgánicos. b) Por un apropiado estímulo periférico de las zonas erógenas. c) Como manifestación de ciertos instintos cuyo origen no nos es totalmente conocido, tales como el instinto de contemplación y el de crueldad”.42 En relación de dichas fuentes de excitación sexual, Freud no deja de advertir que un factor decisivo es “la calidad de la excitación, aunque el elemento intensidad (en el dolor) no sea por completo indiferente”.43
Posteriormente, en un pequeño trabajo dedicado al Concepto psicoanalítico de las perturbaciones psicógenas de la visión, de 1910, Freud constituye una nueva distinción cuando nos advierte de “la innegable oposición entre los instintos puestos al servicio de la sexualidad y de la consecución del placer sexual y aquellos otros cuyo fin es la conservación del individuo o instintos del yo”.44 A partir de este momento, la (primera) teoría de la pulsiones advierte la existencia de dos tipos de pulsiones: las sexuales y las yóicas.
En 1911, en la tercera sección del caso Schreber, Freud da formalidad conceptual a lo que será su primera teoría de los instintos (o doctrina de las pulsiones). “Consideramos el instinto [la pulsión, traduce Etcheverry45] como el concepto límite de lo somático frente a lo anímico; vemos en él el representante psíquico de poderes orgánicos y admitimos la distinción corriente entre instintos del yo [pulsiones yóicas] e instinto sexual [pulsión sexual], que nos parece coincidir con la dualidad biológica del individuo, el cual tiende a su propia conservación tanto como a la de la especie”.46 Esta dualidad es, sin embargo, cuestionada muy poco tiempo después, en su Introducción al narcisismo de 1914, donde Freud advierte que las pulsiones del Yo cuentan, para su desempeño, con la misma energía –la libido– que se emplea para la preservación de la especie. Esta energía, que puede manifestarse como libido narcisista o como libido objetal, proviene de la pulsión sexual. Estas energías psíquicas “en un principio se encuentran estrechamente unidas, sin que nuestro análisis pueda aún diferenciarla, y que sólo la carga [investidura] de objetos hace posible distinguir una energía sexual, la libido, de una energía de los instintos del yo”47 [“de las pulsiones yóicas”, dice Etcheverry48]. En esta obra, Freud nos advierte que pese a que “siempre procuro mantener apartado de la Psicología todo pensamiento de otro orden, incluso el biológico, he de confesar ahora que la hipótesis de separar los instintos del yo de los instintos sexuales [“unas pulsiones sexuales y yóicas separadas”], o sea la teoría de la libido, no tiene sino una mínima base psicológica y se apoya más bien en fundamento biológico”.49 Más adelante, con el fin de explicar la comunidad libidinal entre las pulsiones yóicas y las sexuales, Freud aclara que “los instintos sexuales se apoyan [“las pulsiones sexuales se apuntalan”, en Etcheverry] al principio en la satisfacción de los instintos del yo [“pulsiones yóicas”], y sólo ulteriormente se hacen independientes de estos últimos”.50 Es interesante advertir dos elementos que pronto entrarán al campo psicoanalítico cobrando cada vez mayor importancia: en primer término, desde este escrito Freud empieza a tomar a la biología como apoyatura para sustentar sus puntos de vista; en segundo lugar, la libido tiene una función que difiere radicalmente de lo que hasta este momento habíamos visto: ahora es la fuerza que cohesiona al Yo y la fuerza que nos vincula –nos liga– con los objetos del mundo externo con los que nos relacionamos libidinalmente. Como podemos ver, el acercamiento a la biología era, desde nuestro punto de vista, inevitable ya que Freud, desde sus primeras formulaciones, está haciendo referencia a un concepto –el de libido– que deriva de la instrumentación de un constructo teórico –la doctrina de las pulsiones– para dar cuenta de la energía con la que el aparato psíquico opera –lo que, por otra parte, no tiene nada de extraordinario en un hombre como Freud educado en una escuela de pensamiento en la que no tienen cabida nociones “metafísicas” como la de “alma” o “espíritu” (base de la disociación cuerpo/alma vigente en la ciencia desde la desafortunada influencia de Descartes51 quien, pese a ello es el que inicia el discurso de la modernidad). La parte mecanicista de la educación de Freud hacía impensable no recurrir a un concepto de energía como medio para explicar el funcionamiento de la ”maquinaria humana”, por lo tanto, esta debe de originarse en el intercambio de los organismos vivos con su medio ambiente; es decir, se trata de un concepto que sólo puede encontrar su explicación en el campo de lo biológico. La alternativa potencial era encontrar la fuente de la energía en el psiquismo mismo, es decir, recurrir a una explicación que, de una manera u otra, remite a la vieja noción de alma –baluarte central de las doctrinas de carácter religioso (como veremos más adelante, la necesidad de apoyatura en la biología se verá acrecentada cuando, en ese tercer momento de su reflexión, postule su segunda teoría pulsional en Más allá...).
Finalmente, en Los instintos y sus destinos, de 1915, Freud organiza de manera más sistemática esta primer doctrina de las pulsiones y las vicisitudes por las que dichas fuerzas son susceptibles de organizarse y las etapas por las que atraviesan. En este trabajo aparece una definición más acabada del concepto de pulsión: “Si consideramos la vida anímica desde el punto de vista biológico, se nos muestra el ‘instinto’ [la pulsión] como un concepto límite entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos procedentes del interior del cuerpo, que arriban al alma, y como una magnitud de la exigencia de trabajo impuesta a lo anímico a consecuencia de su conexión con lo somático”52 [“de su trabazón con lo corporal”, traduce Etcheverry53].
Como conclusión podemos ver que la teoría de la libido, como construcción energética que da cuenta de la fuerza de las pulsiones sexuales, está fuertemente anclada conceptualmente en un origen biológico; de ahí su definición como concepto límite: es algo que originándose en el cuerpo y habiendo alcanzado cierto umbral, ingresa al psiquismo y es representado en el. Cuando hablemos de pulsión de muerte, será importante recordar estos conceptos definitorios con el fin de saber si este último concepto, así como el de Eros o pulsión de vida pertenecientes a la segunda teoría pulsional, corresponden a la definición de pulsión –o si tendremos que entender que la nueva dualidad Eros/pulsión de muerte corresponden a una construcción teórica distinta de la que Freud había sostenido anteriormente y, por lo tanto, diferente condeptualmente de su teoría pulsional.
Aquí hemos analizado el concepto de pulsión y su evolución en la obra freudiana hasta antes de la gran revolución contenida en la segunda teoría pulsional vertida en Más allá del principio de placer de 1920 que estableció una nueva distinción: en vez de pulsiones sexuales y pulsiones del Yo, comenzará a referirse a la diferencia entre las pulsiones de vida o Eros y las pulsiones de muerte.

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